Todo suelto.
5.41 a.m. recién se va Fede. Fiel a su costumbre tocó el timbre de casa en plena madrugada. Al abrir la puerta encontré un hijo detrás de un enorme huevo de pascua.
Llegó el día, hoy parto del cemento que me parte. Nada me pone más abúlica que Buenos Aires. Estoy harta de tanto cartel en la calle vendiendo celulares que dentro de poco provocarán orgasmos simulados. ¿Qué pasa con la gente que necesita consumir tanta mierda, tanto plástico, tanta ilusión? Cada vez me siento más lejos de todo eso. Me provoca sensación de vacuidad ajena.
¡Quiero sierras! Extraño desayunar mirando “la medianera” (detrás está Córdoba), el parque, mi rincón de lectura, los perros corriendo al gato, el gato corriendo a las palomas. El gringo corriéndome a mí. Bah, la vida bella.
Extraño subir a mi auto e irme adonde me de la gana. Llegar hasta mi cabaña en construcción, y treparme hasta la parte más alta para esperar la puesta de sol. En total soledad. En total silencio.
Extraño a Nevenka. La ceremonia de vernos las caras cuando recién despertamos, el cruce de miradas lagañosas y la mano en alto como todo saludo. A ninguna de las dos nos gusta hablar ni bien nos levantamos, así que desayunamos escuchando al flaco Spinetta... mientras el gringo habla, habla y habla. Solo.
Extraño mis cafés en el bar que está frente a la plaza. Tiene mesas grandes, ideales para sacar un par de libros, un cuaderno de apuntes y desparramar el tiempo y las ideas. Alimento palomas y tordos mientras pasa la gente, pasa la mañana, y pasa la paz para quedarse.
Extraño el boliche. Ese rito de encender las velas, servirme una copa de vino y conversar con la gente. Y después, cuando todos se han ido, tener nuestro propio banquete. Es la hora en la que empiezan a caer los amigos de Neve, y la mesa se extiende, y las charlas de extienden, y vuelan besos y risas.
Llegó el día, hoy parto del cemento que me parte. Nada me pone más abúlica que Buenos Aires. Estoy harta de tanto cartel en la calle vendiendo celulares que dentro de poco provocarán orgasmos simulados. ¿Qué pasa con la gente que necesita consumir tanta mierda, tanto plástico, tanta ilusión? Cada vez me siento más lejos de todo eso. Me provoca sensación de vacuidad ajena.
¡Quiero sierras! Extraño desayunar mirando “la medianera” (detrás está Córdoba), el parque, mi rincón de lectura, los perros corriendo al gato, el gato corriendo a las palomas. El gringo corriéndome a mí. Bah, la vida bella.
Extraño subir a mi auto e irme adonde me de la gana. Llegar hasta mi cabaña en construcción, y treparme hasta la parte más alta para esperar la puesta de sol. En total soledad. En total silencio.
Extraño a Nevenka. La ceremonia de vernos las caras cuando recién despertamos, el cruce de miradas lagañosas y la mano en alto como todo saludo. A ninguna de las dos nos gusta hablar ni bien nos levantamos, así que desayunamos escuchando al flaco Spinetta... mientras el gringo habla, habla y habla. Solo.
Extraño mis cafés en el bar que está frente a la plaza. Tiene mesas grandes, ideales para sacar un par de libros, un cuaderno de apuntes y desparramar el tiempo y las ideas. Alimento palomas y tordos mientras pasa la gente, pasa la mañana, y pasa la paz para quedarse.
Extraño el boliche. Ese rito de encender las velas, servirme una copa de vino y conversar con la gente. Y después, cuando todos se han ido, tener nuestro propio banquete. Es la hora en la que empiezan a caer los amigos de Neve, y la mesa se extiende, y las charlas de extienden, y vuelan besos y risas.
12/04/2004 11:31 Tema: pulsaciones.