BOOOOOOOOO!

Abro el word y la voz me dice: “hola, vengo a flotar”
Bueno, contesto.
Cierro otro programa, la misma voz, esta vez: “bueno, chau”
Chau, digo yo.
A un clik de mi explorer la mujercita grita encantada: “hay que tener seeeexoooo!!!”
Dale, respondo.
Mi perro ronca, mi gata hace miau, vivo sola… ¿que hay?

Son casi las cinco de la mañana y no puedo escribir seriamente. Dos Margaritas para subsanar el trauma del "Café Filosófico" no me lo permiten.
Lo mejor de la noche fue el Halloween entre mi amiga y yo. Y el lugar. Esa clase de lugares a los que no se debería entrar con una amiga. Porque una piensa cosas. Y se acuerda de. Y dan ganas. Y una pareja se besa en aquella mesa.
Y yo quiero. Y vos no estás.

Cuarenta personas en un ambiente minúsculo. Sillas incómodas, prohibido fumar, prohibido beber, prohibido pensar.
La disertante hablaba a una velocidad que sonaba a turbina de boeing.
Señoras y señores incautos, abróchense los cinturones de seguridad hasta que mi verborrea los maree, entonces yo pregunte y ustedes aporten estupideces. Señal de que habremos alcanzado la altura de crucero. Muchas gracias por venir y los espero la próxima semana. Fuck you.
Durante más de dos horas tuve que escuchar dos mil doscientas maneras de destripar la “construcción cultural” que es el Amor.

Una señora gorda, parecida a la chanchita de los muppets, interpelaba a otra que decía tener poderes extra sensoriales.
Un señor alto y enjuto, levantaba la mano cada cinco minutos para contar la influencia que la literatura alemana había tenido en su adolescencia, malogrando su único amor. Llegó a la conclusión de haberse enamorado de sus propias letras, de las cartas que le enviaba a su amada. Pero parecía no darse cuenta de lo que estaba diciendo.
Una señorita que a todas luces cambió el “solos y solas” por una noche de filosofía, no paraba de reír como una hiena herida. Allí no había nadie para ella. Ni siquiera cuando se quitó el blazer y dejó al descubierto su escote.
Un psicoanalista hablaba refregándose los ojos, refregándose las orejas, refregándose la frente, refregándose la nariz.
Me daban ganas de gritarle que jamás tendría a semejante pelotudo poniendo su archirrefregada oreja a mis palabras o silencios.
Otra del gremio se ufanaba de tener un matrimonio exitoso porque ambos habían encontrado –en el humor- la fórmula de la felicidad.
Lo que ella no sabía era que su divertidísimo marido, sentado – convenientemente- detrás de ella, no dejaba de clavarle los ojos a mi amiga. Él miraba… y miraba… y miraba… mientras ella mostraba sus encías de mujer satisfecha; al tiempo que treinta y ocho testigos disfrutaban con disimulo el “detrás de la escena”. Patético.

A la hora del break, mientras la gente se masacraba por una taza de café, decidí salir a fumar. Encontré a un señor ( no sé si era filósofo, filoso, o impotente ); que ante mi primer bocanada huyó despavorido no sin antes recriminar mi condición de usurpadora de los buenos aires de Buenos Aires. Qué literal el señor. Le dije: “la libertad es libre”. Y disparé otra bocanada con la fuerza de un misil contra sus gruesos lentes.

Porque yo de filosofía no sé un carajo, y me sonaba a frase epicúrea, y me sentí Mafalda. Y me sentí mejor.
Bueno, que la noche fue como un paseo por los oscuros recovecos de la decadencia intelectual, salvo por aquel lugar.
Ah, qué lugar...

@ la vie en rose- edith piaf
31/10/2004 03:46 Tema: .
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