Oh que será, que será.
Llegué. Aunque tenga la sensación de haberme quedado en alguna parte del camino.
O tal vez aún no salí. No me fui.
Todavía no me alcanzo.
El viaje lo hice en auto, con mi viejo y un sobrino. No sé como me las arreglé, pero dormí placenteramente contorsionada entre valijas, sombreros, plantas, mochilas y una torta helada que traían de Entre Ríos. Faltando doscientos kilómetros para llegar, la torta no tuvo mejor lugar para despertar –digo, descongelarse- que mi espalda. Torta de mierda. Bajamos en una estación de servicio por más hielo. Era patético ver a mi sobrino –que es chef- tratando de recomponer ese amasijo informe que yo juraba no comer bajo ninguna circunstancia.
¿Pueden creer que cubrí el enchastre con mi lindísima campera Columbia y seguí durmiendo?
Bueno, lo que bajó de mí, al llegar, era un asco.
Creo que todavía sigo dormida.
El Gringo pasó la noche en casa y partió de madrugada. Hasta el viernes no regresa. Hasta el viernes estaré sola. Aquí.
Ya ni siquiera está N.
Ella y su guitarra. Los discos de Spinetta.
Su madre se la llevó luego del “confuso” episodio con S. Yo sentí que me la quitaba.
Tal vez se le esté notando aquello que le dijo a su padre: “a Mon la quiero casi tanto como a mamá”.
Parece que este día no termina nunca.
Limpié como si me pagaran por hacerlo. Acomodé mis cosas, alimenté a Kali, medité, leí, pinté, llovió, llovió, llovió.
Llovió.
Me descalcé y salí a pisar la hierba. Quiero decir, me quedé ahí, parada. Bajo la lluvia, con la perra a mi lado, esperando echar raíces; pero no.
¿Estaría siguiendo algún principio atávico?
Caminé hacia el monte, Kali siempre conmigo, y entonces descubrí mi almuerzo. Duraznos ciruelas y cerezas.
La fruta lavada por la lluvia. Madura. Jugosa. Dulce.
Comimos de los árboles.
¿Habría perros en el Paraíso de Eva?
Porque Adán no había.
@ thank you – dido
O tal vez aún no salí. No me fui.
Todavía no me alcanzo.
El viaje lo hice en auto, con mi viejo y un sobrino. No sé como me las arreglé, pero dormí placenteramente contorsionada entre valijas, sombreros, plantas, mochilas y una torta helada que traían de Entre Ríos. Faltando doscientos kilómetros para llegar, la torta no tuvo mejor lugar para despertar –digo, descongelarse- que mi espalda. Torta de mierda. Bajamos en una estación de servicio por más hielo. Era patético ver a mi sobrino –que es chef- tratando de recomponer ese amasijo informe que yo juraba no comer bajo ninguna circunstancia.
¿Pueden creer que cubrí el enchastre con mi lindísima campera Columbia y seguí durmiendo?
Bueno, lo que bajó de mí, al llegar, era un asco.
Creo que todavía sigo dormida.
El Gringo pasó la noche en casa y partió de madrugada. Hasta el viernes no regresa. Hasta el viernes estaré sola. Aquí.
Ya ni siquiera está N.
Ella y su guitarra. Los discos de Spinetta.
Su madre se la llevó luego del “confuso” episodio con S. Yo sentí que me la quitaba.
Tal vez se le esté notando aquello que le dijo a su padre: “a Mon la quiero casi tanto como a mamá”.
Parece que este día no termina nunca.
Limpié como si me pagaran por hacerlo. Acomodé mis cosas, alimenté a Kali, medité, leí, pinté, llovió, llovió, llovió.
Llovió.
Me descalcé y salí a pisar la hierba. Quiero decir, me quedé ahí, parada. Bajo la lluvia, con la perra a mi lado, esperando echar raíces; pero no.
¿Estaría siguiendo algún principio atávico?
Caminé hacia el monte, Kali siempre conmigo, y entonces descubrí mi almuerzo. Duraznos ciruelas y cerezas.
La fruta lavada por la lluvia. Madura. Jugosa. Dulce.
Comimos de los árboles.
¿Habría perros en el Paraíso de Eva?
Porque Adán no había.
@ thank you – dido
21/12/2004 01:33 Tema: pulsaciones.