Golondrinas sobre Hellen.
Sí, sé que no estoy escribiendo. Mi rutinaria vida pueblerina, que incluía lecturas en el bar que está frente a la plaza, vagabundeos con mi perra, los pies sumergidos en el agua de la acequia… todo está contenido en una suerte de paréntesis. Es una caja más, de las tantas que aguardan ser abiertas.
Acomodar.
Acomodarme.
Aceptar –y cómo me cuesta- que ese lugar tan bello, es mío. Y sólo mío.
Soy yo; hecha de piedras y troncos.
Expuesta más que nunca a los puntos cardinales del arriba y el abajo (perdón Dany, me gustó tu frase).
Es una casa sin escapatorias. La montaña, los cerros, el morro, los valles, el cielo, los árboles; serpientes y pájaros; todo está allí. Adentro y afuera se confunden / funden / fusionan / sueldan / acoplan. Cópula perfecta.
Ayer se llenó de golondrinas. Se posaron en los techos y lo cubrieron todo, incluso a Hellen, la bruja de mi veleta.
No es zona de golondrinas. Ya no sé que es. O aún no lo sé. Tengo que aprenderlo todo.
Tampoco soy la persona que creía conocer en detalle. La casa me dice que hay más. Que hay otras.
Mi latido es diferente y yo me olvido.
Me olvido.
Me cuentan que la gente pregunta cómo llegar “hasta una cabaña muy hermosa que está alejada”.
Es como si preguntaran cómo llegar hasta mi alma.
A veces pienso que logré algo maravilloso partiendo del dolor más profundo. No hablo de la belleza. Hablo de ese momento en que quedan dos opciones: una sola clase de vida o las tantas clases de muerte.
Y mi dolor es la materia prima, la piedra fundamental, el barro que no huele a fango.
No me importa decirlo: me siento orgullosa. Por atreverme. Por ser como soy. Por haber aprendido a rodearme de gente sencilla. Por dejarme querer. Por confiar (un poco más), en la vida.
Por mis despertares –los de la mañana y los de adentro-. Por meter mis manos en la tierra para sembrar; para hacer más, multiplicar, sumar, sumarme. Por todos mis no, y todos mis sí. Por mis crisis que siempre son con alas. Por mis miedos, que son tantos.
Hoy no puedo escribir sobre otra cosa.
Acomodar.
Acomodarme.
Aceptar –y cómo me cuesta- que ese lugar tan bello, es mío. Y sólo mío.
Soy yo; hecha de piedras y troncos.
Expuesta más que nunca a los puntos cardinales del arriba y el abajo (perdón Dany, me gustó tu frase).
Es una casa sin escapatorias. La montaña, los cerros, el morro, los valles, el cielo, los árboles; serpientes y pájaros; todo está allí. Adentro y afuera se confunden / funden / fusionan / sueldan / acoplan. Cópula perfecta.
Ayer se llenó de golondrinas. Se posaron en los techos y lo cubrieron todo, incluso a Hellen, la bruja de mi veleta.
No es zona de golondrinas. Ya no sé que es. O aún no lo sé. Tengo que aprenderlo todo.
Tampoco soy la persona que creía conocer en detalle. La casa me dice que hay más. Que hay otras.
Mi latido es diferente y yo me olvido.
Me olvido.
Me cuentan que la gente pregunta cómo llegar “hasta una cabaña muy hermosa que está alejada”.
Es como si preguntaran cómo llegar hasta mi alma.
A veces pienso que logré algo maravilloso partiendo del dolor más profundo. No hablo de la belleza. Hablo de ese momento en que quedan dos opciones: una sola clase de vida o las tantas clases de muerte.
Y mi dolor es la materia prima, la piedra fundamental, el barro que no huele a fango.
No me importa decirlo: me siento orgullosa. Por atreverme. Por ser como soy. Por haber aprendido a rodearme de gente sencilla. Por dejarme querer. Por confiar (un poco más), en la vida.
Por mis despertares –los de la mañana y los de adentro-. Por meter mis manos en la tierra para sembrar; para hacer más, multiplicar, sumar, sumarme. Por todos mis no, y todos mis sí. Por mis crisis que siempre son con alas. Por mis miedos, que son tantos.
Hoy no puedo escribir sobre otra cosa.
28/02/2005 23:59 Tema: pulsaciones.