Inaugurando.

Cada vez que despierto tengo que pensar ¿es la mañana, es la siesta? ¿qué será? ¿qué es? Me toma unos minutos darme cuenta. Ya no me asusta. Ya sé que aquí mi sueño es tan profundo -y tan prolífico en imágenes- que una hora es igual a ocho, que a un café (el de la mañana); le sigue otro (el de la tarde), que su cuerpo está a mi lado despertándose, despertándome: hola mi amor. Entonces nunca sé si aún es temprano para… o tarde para… y no crean que me preocupa, siempre me las arreglo y encuentro “otro momento”. Hace frío y salir de la cama es un acto de coraje que no tengo. ¿Querés quedarte?, pregunta él. Mmmpppsssi. Me da un beso y cierra la puerta. Y yo sonrío feliz y me estiro como una gata, lanzo largos y extraños gemidos (supongo que suenan guturales). Al principio regresaba preocupado: ¿te pasa algo? No, solamente estoy gritando. Ah, contestaba él.
Ahora hace lo mismo. Si alguien nos observara al despertar… somos una sinfonía de quejidos de bocas de cuerpos que se contorsionan. Y se empujan suavemente. Y hurgan en los párpados del otro. Manos que aprietan, acarician, dirigen, entran, salen, llevan, traen, suben, bajan. Como un rito para quitar el sueño, para atraer espíritus calientes –salamandras, tal vez- como un rito de no querer… nosotros, débiles mortales, hay que trabajar, vestir las pieles, así no se puede seguir, así no se puede salir…pero yo no quiero, yo tampoco, bueno… un ratito más, dale… ¿te canto una baguala? Morite (y me cubro la cabeza con la almohada), pero mi espalda desnuda me delata… sabe que me río con sus letras obscenas al son de la “cajita de las monedas” (su instrumento de percusión)… sabe que me río de todo o casi todo, que reírme es tan fácil como sufrir. Sólo que con él no tengo alternativa porque nunca me la dio. “Si no te atrevés a ser feliz, entonces no estés conmigo”. Él me lo advirtió. Y yo hice lo típico en mí: intenté no atreverme. Porque soy rebelde, porque no me gustan los retos, porque era lo que mejor conocía: ser una infeliz. Juro que lo intenté durante más de dos años. Puse tanta constancia… tanta fe… tanta convicción en el fracaso de la risa… que hubiera merecido un premio, una mención de honor, algo que reconociera tanto tesón de mi parte. Más de cuarenta años practicando la infelicidad, rodeándome de los mejores infelices… ¿para nada? ¿y entonces qué? ¿y de eso se trataba? ¿no había un cielo para los infelices? ¿quién encendió la luz?
Ahora ando media enceguecida… ya saben… los ojos tardan en acostumbrarse. Será por eso que aún no pisé mi cabaña. Será por eso que no veo el caos de tierra, ropa, artesanías, sábanas sin tender, facturas de compra junto a la lista del supermercado, será por eso que festejo como una campesina “el huevo nuestro de cada día” (que pone una de mis cinco gallinas sin nombre), que festejo cada gajito que prende, que festejo sus chantajes para que me quede aquí “hasta la primavera”… porque no quiere que me vaya… y porque yo no quiero irme, sin él. Sin sus horribles bagualas. Sin su bello canto. Sin su mirada de horizonte que no golpea.
Sin su risa. Mi risa. Este amor que dio risa.
28/04/2005 11:14 Tema: pulsaciones.
Blog creado con Blogia. Derechos de autor con . Estadísticas. Suscribir RSS. Admin.
Blogia apoya: Fundación Josep Carreras, y Evento Blog España. Vota en los Premios Bitacoras.com [Blog Oficial en LaInformacion.com]