Valor.
Buenos Aires me resulta demasiado evocador, me dice Greg en un mail que acabo de abrir (son las tres de la madrugada). Recién llego a casa. No, no anduve de copas ni en restaurantes chinos.
Después de un día demasiado evocador, y de una conversación telefónica con el Gringo -que no podría definir, pero de esas que se quedarán en el corazón por el resto de mi vida- me tiré en la cama para pensar con los ojos cerrados, meditar sobre el significado de mis miedos, pedirle al Universo que me hiciera el favor de levantar un poquito la altura de la red. No caer tan profundo. Pero el impacto de un choque, las sirenas y sus luces reflejándose en mis vidrios… no sé… todo fue muy rápido. De pronto me vi manoteando el primer abrigo que encontré -porque estaba en pijama y hacía frío- y pensé en mis hijos y en mi propio accidente -hoy se cumple un año-, y no encontraba las llaves y mi angustia me confundía.
Cuando salí a la calle, y vi el auto -tan destrozado como el mío- irreconocible, me tomé de las rejas de entrada y comencé a sacudirlas como una leona enjaulada, porque yo quería salir, yo quería saber… quería saber… si habían sido ellos, y tenía que preguntar -así como pregunto de qué color es el pelo de mi hija- de qué marca era esa masa informe… y busqué rostros que me resultaran conocidos porque ni siquiera sé -de qué color son los autos de mis hijos- y me sentí una madre imbécil y buena para nada.
Crucé la calle, empujé gente, y llegué hasta una mujer pequeñita que parecía una escultura del horror. A su lado estaba el chico, milagrosamente a salvo, shockeado pero íntegro. Los bomberos trabajaban sobre los restos inmortales del puto automóvil, los dueños de la concesionaria -sobre la que impactó el chico- hacían frenéticos llamados telefónicos, y se respiraba una atmósfera cargada de nafta y dolor, que yo no terminaba de comprender. El chico estaba vivo. ¿Por qué no había abrazos? ¿Por qué no había patadas en el culo? ¿Por qué esa madre parecía tan ausente? ¿Por qué tanto silencio?
Noté que nadie se acercaba a ella.
Le pregunté si necesitaba algo, que yo vivía enfrente, si quería café, un teléfono, cigarrillos, algo. Algo.
Entonces vi el medallón que llevaba sobre la solapa de su abrigo. Era la foto de un niño. Kevin.
Me miró y todo lo que me dijo fue: “yo soy la mamá de Kevin”.
Y sé, que cuando muere un hijo; una deja de ser una. De tener un nombre. Propio. Ya nada es propio cuando se pierde lo más propio.
Recordé el episodio de Kevin, porque ocurrió en esa misma esquina. Lo atropellaron y se dieron a la fuga. Kevin murió. Y desde entonces su mamá -la mamá de Kevin- recorre programas de radio y televisión pidiendo más respeto por la vida.
-Ayer estuve en el entierro de la madre de una de las chicas que murieron en Cromañón. Ya perdí un hijo. Si también lo perdía a él… no sé… no sé… estoy rodeada de muerte… no puedo más-. Me dijo.
La abracé. Era lo único que tenía para darle: brazos y un pecho. Palabras, ninguna.
Pero ella permanecía impasible. Dura. Sin lágrimas. Yo no la soltaba. Acaso mi propia desolación. El recuerdo de mi accidente. Un hermano / hijo muerto, una familia destrozada, odios silenciosos, acusaciones cruzadas, el no retorno. La silla vacía.
-Pibe. Anotá este día, eh? Que hoy volviste a nacer-. Dijo un estúpido.
Lo sé por experiencia. Sé que vivir, después del después, es una larga y dolorosa convalecencia. Y que al parecer nunca terminamos de recuperarnos: ¿a quién estaba, yo, abrazando?
El chico comenzó a patear el auto. Ella se acercó a preguntar “detalles”, que por qué no había frenado, que como, que cuando, que donde…
-No le das valor a la vida-. Le dijo. Y el chico seguía a las patadas contra el auto. Como si no la escuchara… y no, claro que no, porque estaba escuchando otra cosa: el llanto de su madre cuando Kevin murió. Sus propios e inevitables reproches: “¿porqué él y no yo?” “¿mi mamá me querrá más o me odiará por estar vivo, por no haber sido yo, y no Kevin?” “¿y ahora… ahora que casi me mato?” “¿porqué no llora por mí, porqué no me abraza, porqué no me besa?” “¿habrá que matarse para volver a ser yo?”
Para mí era tan fácil adivinar qué sentían, qué pensaban…
Sentí una enorme compasión por todos.
Me propuse no decir nada. Estaba claro que nadie escucharía a nadie. Pero cuando noté que ella seguía pidiendo explicaciones, me acerqué. La aparté del chico, y le dije:
- Te entiendo más de lo que suponés. Pero no estás preguntando por el accidente de tu hijo, estás preguntando qué pasó con Kevin. Y a lo mejor ninguna respuesta te sirva.
Me miró a los ojos por primera vez. Lloraba. Al fin.
Y como las tragedias se parecen bastante en sus daños colaterales, le dije:
- Una última cosa. No se conviertan en islas humanas viviendo bajo el mismo techo. Y si ya está ocurriendo… preserven lo que queda, porque atrás no se vuelve.
Me sonrió. Triste, casi acabada, pequeña.
Y mientras los dueños de la concesionaria calculaban el valor de los daños, dos mujeres calculábamos el valor de la vida.
***********************************
PS: la foto la saqué del mail de Greg, quien apuntó al sol “para no olvidar el valor de la vida”. Son sus palabras… esas que me esperaban volviendo a casa.