Entre
Les cuento…
Sí, ando pensando en la posibilidad de cerrar el blog. Es sólo una idea –recurrente- pero una idea. Nada más que una idea.
¿Que me pasa? Y… varias cosas. Pero no tienen que ver con conductas impulsivas, con crisis de que-se-yo-que; ni con exceso de felicidad.
Una: en este momento, no puedo asomarme a sus mundos. No lo digo con culpa. Ni me siento egoísta por no retribuir visitas. Sencillamente no puedo, y respeto mi no-poder sin hacerme cuestionamientos.
Dos: siento cierta ambivalencia cuando entro a VH y veo que pasaron por aquí. Alivio, porque todavía están. Temor, a que un día no estén más. Todo es posible, y no voy a tratar de manipular voluntades ajenas, mucho menos el interés o el afecto. De hecho, algun@s ya no vienen. Y lo considero natural.
Dije: “Temor, a que un día no estén más” ¿y si nadie viniera, qué cosa se estaría poniendo en evidencia?
… un cambio. Un cambio importante, claro. ¿Sería un cambio incomprensible? En absoluto. Siempre hay algo que acompaña nuestros cambios internos. Que el blog lo cierre yo, o se vaya cerrando solo; que haya “un último que apague la luz”… son formas diferentes de revelar que –ahora- es invierno para mí, verano para ustedes… y que una cosa es tan cierta como la otra, y a nadie se le ocurriría discutirlo.
Tres: como diría Osho, “me está costando pensar en prosa”. Piensa en poesía, agregaría él. Si lo tuviera frente a mí, me saldría un: “mire Don, yo, a la poesía la vivo… la estoy viviendo”.
Sin embargo escribo mucho, pero escribo en soledad; en mi cabaña. A veces pienso: “cómo me gustaría que leyeran esto…” pero algo me lleva a no hacer nada al respecto. Y siento que así está bien.
Cuatro: si vivir en estado meditativo es “llenarse del silencio de uno”; entonces estoy viviendo en ese estado. La definición es mía, porque usualmente se habla de vacío… y yo no entiendo esa clase de vacío.
Me gusta mi silencio porque desarrolla mi intuición, estoy alerta sin notarlo, voy encontrando la forma de…
No alterarme cuando mis padres me visitan, y pletóricos de las mejores intenciones traen –no solo dulces- si no una larga lista de “deberías y tendrías”. Créanme, la lista es larga de verdad. A medida que hablan y hablan yo me disuelvo en mi silencio y pienso: “ya se irán”… “ya se irán con todos sus deberías y tendrías… porque a mí no me van a dejar ninguno”. Mi madre me aconseja “para que después no me queje”… y mientras tanto, no se da cuenta de que no soy yo quien se queja. Alguien que viene con cien deberías y doscientos tendrías, se está quejando.
No alterarme cuando miro mis manos cortajeadas, un dedo infectado, las raíces de mi pelo crecidas, el mechón de canas que no me conocía. Cuando debo levantarme de madrugada para alimentar la estufa a leños, pienso en el hombre que hachó ese tronco. ¿Quién la pasa peor? ¿Quién elige lo que hace?
Yo estoy como quiero estar.
Anoche, en plena tormenta, me quedé sin leña fina. No tengo guantes, no tengo botas. Pero tengo dos manos –todavía-. Crucé hasta el monte y corté, como pude, aquello que necesitaba. Hoy sigo viva. ¿Por qué las mujeres hemos crecido en la creencia de que sin un hombre al lado estamos perdidas?
También me quedé sin gas. Sí, todo junto. Era la una de la madrugada y aún no había comido. Necesitaba tomar algo caliente. Llené la pava con agua y la puse sobre la estufa a leños. Media hora después estaba tomando mi café. ¿Qué estoy contando? Que me costó veinte minutos darme cuenta de que el fuego es el fuego, provenga de un leño o provenga de una hornalla. Cuando una mujer, yo, vos, cualquiera… se acostumbra a que la palabra “alternativa” hace referencia a cambiarse de barrio, elegir otro color de tintura para el pelo, o ponerse el sweater rosa en lugar del negro… tiene que “ponerse a pensar”. Pensar… como si pensar fuera un trabajo, algo que tomarse muy en serio. Y lo digo en serio.
Cuando llueve con viento de la sierra, la mitad de mi cabaña se inunda. ¿Qué voy a hacer? ¿Ponerme a llorar? Ya lo hice. Es lo más fácil del mundo. Y no. Yo sabía donde me metía. ¿Quería naturaleza salvaje? Ahí la tengo!!! ¿Qué espero que suceda? ¿Que los vientos de tras la sierra dejen de soplar por mí? ¿Buscar refugio en otra casa, en otra cama, llamar a alguien que calce una bragueta? NO.
Delegamos lo que no nos gusta hacer bajo la excusa de que “son cosas de hombres”, “yo de esto no entiendo”, “no pienso arruinar mis uñas, pisar barro, que me pique un bicho”, etcsss.
Cuanto más mujer me siento –ahora-.
Cuanto más fuerte.
Cuanta confianza estoy recuperando. Hablo de confianza en la vida. En esta vida que me tocó. Y que elijo –ahora- vivir de esta manera.
Puse horario de visitas. Por ejemplo.
Son más breves que en una terapia intensiva. Pero es el tiempo que estoy dispuesta a dar. El resto es mío y solo mío.
Viejos conceptos –muy conocidos por la mayoría de ustedes- como “transmutar”, ya fueron tachados de mi breve lista de los “debería” personales. ¿Transmutar qué? Yo soy yo. Y con eso ya es bastante. No voy a comportarme como una incoherente. No pienso tratar de ser mejor. ¿Mejor qué? ¿Mejor a los ojos de quién? Vamos… si la única mirada que en verdad me importa es la mía…
Estoy pensando como cerrar este post. Obviamente, estoy en casa del Gringo, o no estarían leyéndome…
Pero hace media hora que está esperándome en la cama.
Y entre darle un cierre “interesante, inteligente, enigmático o bonito” a este post, y hacer el amor…
me voy a la cama.
Besitos.