Ya vuelvo.
Me acosté de tu lado. Había que dormir la siesta o el dueño del sol vendría por mí.
Hasta hoy yo creía que los jilgueros también dormían, o que no estaban, o que no estaban en nuestros árboles. Nunca los había escuchado. Seguramente porque escuchaba otras cosas. Tu respiración, por ejemplo. El latido de tu corazón. Tus “te amo” bajitos. Tal vez, sí, las chicharras; como las ranas de noche. Pero suenan de un modo tan monocorde que me adormecen.
En cambio los pájaros…
Busqué tu olor en la funda de la almohada, te encontré, te abracé, di vueltas, tenía calor, un bicho molestaba, hundí mi nariz hasta volver a encontrarte, abría y cerraba los ojos, miraba el frasco de tu perfume, tu rosario, tu San Antonio, las piedras que te regalé – llenas de tierra- y trataba de imaginarte haciendo lo mismo: mirando el rosario del espejo de mi auto; el ágata que llevo en la guantera, la amatista que cuelga del llavero, intentando dormir -vos también- , una triste siesta sin tres tristes tigres, con la butaca reclinada y bajo la sombra de un árbol en una calle polvorienta.
Ni vos ni yo pudimos. Pero pudimos con el resto. (O eso creo).
Yo, caminando al atardecer, queriendo perderme para siempre, sopesando ideas francamente estúpidas –sufrió una crisis profunda, no está en condiciones de regresar hasta pasado el verano; se quedará aquí, no la molesten, no sabe quién es, necesita tiempo-.
Después pasé a recoger los gemelos de tu padre, pero Valentín no estaba; había dejado un cartelito: “ya vuelvo”. Me senté en el umbral, recosté mi cabeza sobre la puerta despintada y encendí un cigarrillo.
Pasó una señora que no conocía y me dio las buenas noches; hundí aún más mi cabeza. Sentí más la tristeza.
Sentí la rabia profunda. El odio por el odio. Tantas preguntas sin respuesta. Tantas respuestas para nadie. Y todos los por qué. ¿Por qué así?
Me cansé de esperar a Valentín. Yo quería traerte esos gemelos. Yo no alcancé a medir – el día que los recuperaste- la importancia que tenían para vos.
A veces detesto mis ausencias, a veces me desintegro en mis propios dolores y olvido los tuyos.
Me pregunto en qué lugar los escondés. Porque cuando te miro, todo lo que veo es agua calma, un aire adolescente y sencillo, sonrisa sin tiempos.
Y tanta luz…
Aún hoy, sabiendo lo duro que será todo.
Mientras escribo esto, son las dos de la madrugada. A las cuatro tenés que irte. A las cinco pasa el micro que te traerá de regreso a las doce de la noche. Sólo para dormir conmigo.
-Ya vuelvo, mi amor.
Trescientos kilómetros sólo para dormir conmigo.
Ay,
Dios
Dios
Dios
si pudiera regresarte algo más que esos gemelos…
Hasta hoy yo creía que los jilgueros también dormían, o que no estaban, o que no estaban en nuestros árboles. Nunca los había escuchado. Seguramente porque escuchaba otras cosas. Tu respiración, por ejemplo. El latido de tu corazón. Tus “te amo” bajitos. Tal vez, sí, las chicharras; como las ranas de noche. Pero suenan de un modo tan monocorde que me adormecen.
En cambio los pájaros…
Busqué tu olor en la funda de la almohada, te encontré, te abracé, di vueltas, tenía calor, un bicho molestaba, hundí mi nariz hasta volver a encontrarte, abría y cerraba los ojos, miraba el frasco de tu perfume, tu rosario, tu San Antonio, las piedras que te regalé – llenas de tierra- y trataba de imaginarte haciendo lo mismo: mirando el rosario del espejo de mi auto; el ágata que llevo en la guantera, la amatista que cuelga del llavero, intentando dormir -vos también- , una triste siesta sin tres tristes tigres, con la butaca reclinada y bajo la sombra de un árbol en una calle polvorienta.
Ni vos ni yo pudimos. Pero pudimos con el resto. (O eso creo).
Yo, caminando al atardecer, queriendo perderme para siempre, sopesando ideas francamente estúpidas –sufrió una crisis profunda, no está en condiciones de regresar hasta pasado el verano; se quedará aquí, no la molesten, no sabe quién es, necesita tiempo-.
Después pasé a recoger los gemelos de tu padre, pero Valentín no estaba; había dejado un cartelito: “ya vuelvo”. Me senté en el umbral, recosté mi cabeza sobre la puerta despintada y encendí un cigarrillo.
Pasó una señora que no conocía y me dio las buenas noches; hundí aún más mi cabeza. Sentí más la tristeza.
Sentí la rabia profunda. El odio por el odio. Tantas preguntas sin respuesta. Tantas respuestas para nadie. Y todos los por qué. ¿Por qué así?
Me cansé de esperar a Valentín. Yo quería traerte esos gemelos. Yo no alcancé a medir – el día que los recuperaste- la importancia que tenían para vos.
A veces detesto mis ausencias, a veces me desintegro en mis propios dolores y olvido los tuyos.
Me pregunto en qué lugar los escondés. Porque cuando te miro, todo lo que veo es agua calma, un aire adolescente y sencillo, sonrisa sin tiempos.
Y tanta luz…
Aún hoy, sabiendo lo duro que será todo.
Mientras escribo esto, son las dos de la madrugada. A las cuatro tenés que irte. A las cinco pasa el micro que te traerá de regreso a las doce de la noche. Sólo para dormir conmigo.
-Ya vuelvo, mi amor.
Trescientos kilómetros sólo para dormir conmigo.
Ay,
Dios
Dios
Dios
si pudiera regresarte algo más que esos gemelos…
30/11/2004 02:55 Tema: pulsaciones.