Cinco.
Sólo me sale el silencio.
El mismo que escucho cuando suena mi celular y del otro lado nadie responde,
y -número desconocido -.
Imbécil, dejá de molestar.
O dejá un mensaje.
O dejá tu número, así te devuelvo el silencio.
O mejor no vuelvas a llamar.
El 31 me aturdí en honor a todo silencio mortífero. No eran risas. Eran risotadas. No era bailar. Era caer extenuada. No era beber. Era emborracharme. No era hablar. Era ser filosa.
Nunca más lúcida.
Me sentí aborrecible. Descarada. Provocadora. Mentí. Mentí. Mentí.
-Vamos a bailar.
Yo.
-No tengo ganas.
Él.
-Entonces lo saco a bailar al yanqui-. (Atractivo y mirón).
Y por un momento recordé el cuento de los zapatos colorados, porque mis pies iban de aquí para allá, entraban y salían, subían y bajaban escaleras.
Temí que el leñador me los cortara.
Pero el leñador estaba lejos.
Mi cabaña también está lejos.
Cada día falta más.
Yo protesto y discuto con la gente. Les muerdo los talones como perro hambriento. La casa del Gringo parece un atelier: esculturas y pinturas que hablan de mí pero nada dicen acerca de otros.
Desentonan. Creo que a propósito.
-Que lindo color.
-Es una base-. Gruño.
Soy odiosa.
Descarada y odiosa.
Y si cada día falta más; es porque cuando entro y la recorro tengo miedo.
A no regresar.
A dejar, entre legítimos hartazgos y egoísmos, que la vida transcurra. Mansa para mí.
Adiós ayer.
Perderme. Nadie sabe.
Solo roca. Solo lluvia por las noches.
Una veleta que marca la dirección del viento, de lo incierto, de la nostalgia;
y que a veces me apunta con su flecha.
Quedarme.
@ truenos, como todas las madrugadas
05/01/2005 04:28 Tema: pulsaciones.