Pasaba por aquí.
Estoy tan cansada que pagaría porque siete enanos caminaran sobre mi espalda.
Y creo que el agotamiento me desmoraliza. ¿Para qué trabajar tanto haciendo arte outsider que hasta tengo que explicar “que es ese circulito”?
La gente a quien le gusta lo que hago, no tiene dinero.
-Ah, pero vos sos artista-. Dicen, como si tuvieran que pagar por un artículo suntuario.
La gente que tiene dinero prefiere comprar un apellido.
-¿Esto es un Ortega legítimo, no?
La gente que ni siquiera entiende de simbolismos busca rosarios, palmeras o cacatúas de ónix . Encima verde. Ahhh como lo odio.
Me recuerda a una enorme langosta con antenas de bronce que mamá compró la primera vez que estuvimos aquí. La puso sobre un hogar que funcionaba a gas. Yo tenía ganas de quemarla, pero sospechaba que cualquier atentado contra esa cosa siniestra me costaría caro.
Tuve que aprender a convivir con ella. Desde entonces, mis ojos no aceptan nada que esté por fuera de mi –particular- sentido de la estética. Y si la cosa en cuestión no me pertenece, la escondo.
El gringo no encuentra ciertos objetos.
Cuando me mude, se los devuelvo.
Casi todo está en el altillo. Hay que ser valiente para subir a ese tugurio. Pero curiosamente, en ese lugar encontré verdaderas perlitas –que por supuesto, ahora son mías-
Amo los altillos. Los galpones. Cualquier espacio que guarde lo que jamás esperaría descubrir.
Espacios para descubrir.
Qué de la historia de los otros.
Qué de mí.
¿Por qué un clavo de herradura, torcido y oxidado; me resulta fascinante?
Ahí anda el –ahora- mi clavo. Entre mis tesoros.
Soy una niña, una nena, una púber, una fisgona, una casi cleptómana; pero admito que espero el momento en que él se va, para abrir esas puertas. Y abrir mis ojos. Despejar telarañas con las manos, empujar cajoncitos, treparme sobre ellos, llenarme de polvo y buscar. Buscar.
Revolver.
Desentrañar.
Imaginar afectos. Fotos viejas detrás de marcos antiquísimos. (Sí, ya me apoderé de uno). ¿Eran felices, se querían, por qué no sonreían?
También se encuentran cosas que mejor no.
Cosas que despertaron mis celos dormidos, furias que no me conocía, sentimientos reveladores.
Posesión.
No acepto que me posean. Pero mis reglas no corren para el otro.
No no no, no es fácil convivir conmigo. Aunque a él le resulte una delicia.
Yo creo que me miente.
Y creo que el agotamiento me desmoraliza. ¿Para qué trabajar tanto haciendo arte outsider que hasta tengo que explicar “que es ese circulito”?
La gente a quien le gusta lo que hago, no tiene dinero.
-Ah, pero vos sos artista-. Dicen, como si tuvieran que pagar por un artículo suntuario.
La gente que tiene dinero prefiere comprar un apellido.
-¿Esto es un Ortega legítimo, no?
La gente que ni siquiera entiende de simbolismos busca rosarios, palmeras o cacatúas de ónix . Encima verde. Ahhh como lo odio.
Me recuerda a una enorme langosta con antenas de bronce que mamá compró la primera vez que estuvimos aquí. La puso sobre un hogar que funcionaba a gas. Yo tenía ganas de quemarla, pero sospechaba que cualquier atentado contra esa cosa siniestra me costaría caro.
Tuve que aprender a convivir con ella. Desde entonces, mis ojos no aceptan nada que esté por fuera de mi –particular- sentido de la estética. Y si la cosa en cuestión no me pertenece, la escondo.
El gringo no encuentra ciertos objetos.
Cuando me mude, se los devuelvo.
Casi todo está en el altillo. Hay que ser valiente para subir a ese tugurio. Pero curiosamente, en ese lugar encontré verdaderas perlitas –que por supuesto, ahora son mías-
Amo los altillos. Los galpones. Cualquier espacio que guarde lo que jamás esperaría descubrir.
Espacios para descubrir.
Qué de la historia de los otros.
Qué de mí.
¿Por qué un clavo de herradura, torcido y oxidado; me resulta fascinante?
Ahí anda el –ahora- mi clavo. Entre mis tesoros.
Soy una niña, una nena, una púber, una fisgona, una casi cleptómana; pero admito que espero el momento en que él se va, para abrir esas puertas. Y abrir mis ojos. Despejar telarañas con las manos, empujar cajoncitos, treparme sobre ellos, llenarme de polvo y buscar. Buscar.
Revolver.
Desentrañar.
Imaginar afectos. Fotos viejas detrás de marcos antiquísimos. (Sí, ya me apoderé de uno). ¿Eran felices, se querían, por qué no sonreían?
También se encuentran cosas que mejor no.
Cosas que despertaron mis celos dormidos, furias que no me conocía, sentimientos reveladores.
Posesión.
No acepto que me posean. Pero mis reglas no corren para el otro.
No no no, no es fácil convivir conmigo. Aunque a él le resulte una delicia.
Yo creo que me miente.
15/02/2005 15:56 Tema: pulsaciones.