Pájaro enjaulado.
**Para B., con la vehemencia que me caracteriza ante el dolor intenso, que no es de muelas**
Tenés razón. El sufrimiento es una visita inoportuna. A veces viene de a ratos; a veces se instala aunque no tengamos comodidades. No le importa dormir en un rincón, no le importa si Leonard Cohen canta demasiado alto: Encontré a un mendigo apoyado en su muleta
que me dijo: “No debes pedir tanto”;
y ante una puerta oscura vi a una hermosa mujer
que me gritó: “Eh, ¿por qué no pides más?”; ni que te dejes caer en tu sofá a mirar el cielorraso o el ombligo.
¿Sabés? Yo prefiero la palabra dolor. El dolor nos permite participar de lo que nos ocurre, no impide que pensemos; nos pone vallas, es verdad… pero las podría saltar un enano.
El sufrimiento no admite participación. Nos postra. Inmoviliza. Se convierte en un estado. No es una valla, es un muro; una cárcel, una silla de ruedas sin ruedas. Una jaula.
Alguien arrojó las llaves. O no encontramos la cerradura. O nos tiemblan las manos.
Estuve pensando durante toda la tarde. Y llegué a una conclusión fenomenal: el dolor estará allí a pesar de tus gorriones y a pesar de mi cabaña. A pesar de tus excursiones a la montaña, de tu afición por atrapar nubes o flores extrañas, a pesar de mis piedras, a pesar de un hombre, a pesar de tus magníficos escritos, a pesar de tus caminatas por la playa, a pesar de esta lluvia y a pesar del sol.
¿A quién le importa el sol cuando se llevan costuras en el alma? Yo, sinceramente, ni lo noto.
Y jamás me sentiría en deuda por mi indiferencia.
Nos han impuesto tantas cosas absurdas… “sonríe, la vida te ama”, “sonríe, tienes amigos”, “sonríe, estás sano”, “sonríe, que hay sol”.
Y bien. Estás vivo, tenés amigos, salud, hay sol. ¿Y con eso que? ¿Tu dolor es menos legítimo? ¿Habrá que pedirle permiso al sol para sentirse triste, y luego azotarse por no ser un conformista? ¿Por querer otras cosas? ¿Por pedir más? ¿Hay que ir por la vida mirando y midiendo dolores ajenos? ¿Existe alguien, una sola persona en este mundo, que viva tu piel?
¿Realmente creés que tu dolor tiene un nombre y una fecha exacta?
Vamos, tomate de mi mano que yo estoy haciendo de mi pasado el juego de la oca. Juguemos juntos, avancemos tres lugares. Retrocedamos diez. Volvamos al comienzo. No hagamos trampa. Yo no quiero ganarte. A mí me gusta jugar para perder. Porque perdiendo comprendo. No se comprende cuando se gana.
Yo, Mon, necesito comprender casi-casi- lo mismo que vos.
¿Por qué sentí, durante tanto tiempo; que no tenía derecho a pedir “algo más”?
-Conformate. Me dice la voz que me quiere mansa.
No sé vos. Pero yo no pienso conformarme.
Ya tuve bastante.
Mi propio desamor, mis benditas inseguridades, la ignorancia de mi valor como mujer, el caer una y otra vez en el mismo pozo, no despegar de historias obsoletas y repetirlas hasta el hartazgo, elegir la talla equivocada, un hombre embaucador, el sueño ficticio.
Tengo mucho polvo que quitar de encima.
Estoy derrumbando ese edificio.
Y es un gran desafío porque debajo de ese polvo ves que: diligentemente llevaste/llevé lo necesario a tu/mi verdugo (que en última instancia lleva tu/mi nombre pero en diminutivo), no conforme con eso, lo acompañaste/acompañé en la tarea de elegir el árbol adecuado para la no-tan-incauta- presa: vos/yo.
Uno, una; se lo hace todo.Todito.
Una, uno, dice SÍ, cuando debería decir NO.
Y decimos NO hartos ya de estar hartos y porque sí, (que no es el sí del imbécil sino del sordo.)
Por eso hay que jugar para perder. Perder para comprender. Comprender que nada es tan reciente como creíamos. Porque, amigo; la rueda es inevitable… y es mejor darle la vuelta para volver al punto de partida.
Ya no siendo los mismos.
Entonces, tal vez, cuando esa voz seductora nos interpele con un “¿eh, por qué no pides más?”,
podamos preguntar “y qué tanto me das?”.
Te quiero.
Tenés razón. El sufrimiento es una visita inoportuna. A veces viene de a ratos; a veces se instala aunque no tengamos comodidades. No le importa dormir en un rincón, no le importa si Leonard Cohen canta demasiado alto: Encontré a un mendigo apoyado en su muleta
que me dijo: “No debes pedir tanto”;
y ante una puerta oscura vi a una hermosa mujer
que me gritó: “Eh, ¿por qué no pides más?”; ni que te dejes caer en tu sofá a mirar el cielorraso o el ombligo.
¿Sabés? Yo prefiero la palabra dolor. El dolor nos permite participar de lo que nos ocurre, no impide que pensemos; nos pone vallas, es verdad… pero las podría saltar un enano.
El sufrimiento no admite participación. Nos postra. Inmoviliza. Se convierte en un estado. No es una valla, es un muro; una cárcel, una silla de ruedas sin ruedas. Una jaula.
Alguien arrojó las llaves. O no encontramos la cerradura. O nos tiemblan las manos.
Estuve pensando durante toda la tarde. Y llegué a una conclusión fenomenal: el dolor estará allí a pesar de tus gorriones y a pesar de mi cabaña. A pesar de tus excursiones a la montaña, de tu afición por atrapar nubes o flores extrañas, a pesar de mis piedras, a pesar de un hombre, a pesar de tus magníficos escritos, a pesar de tus caminatas por la playa, a pesar de esta lluvia y a pesar del sol.
¿A quién le importa el sol cuando se llevan costuras en el alma? Yo, sinceramente, ni lo noto.
Y jamás me sentiría en deuda por mi indiferencia.
Nos han impuesto tantas cosas absurdas… “sonríe, la vida te ama”, “sonríe, tienes amigos”, “sonríe, estás sano”, “sonríe, que hay sol”.
Y bien. Estás vivo, tenés amigos, salud, hay sol. ¿Y con eso que? ¿Tu dolor es menos legítimo? ¿Habrá que pedirle permiso al sol para sentirse triste, y luego azotarse por no ser un conformista? ¿Por querer otras cosas? ¿Por pedir más? ¿Hay que ir por la vida mirando y midiendo dolores ajenos? ¿Existe alguien, una sola persona en este mundo, que viva tu piel?
¿Realmente creés que tu dolor tiene un nombre y una fecha exacta?
Vamos, tomate de mi mano que yo estoy haciendo de mi pasado el juego de la oca. Juguemos juntos, avancemos tres lugares. Retrocedamos diez. Volvamos al comienzo. No hagamos trampa. Yo no quiero ganarte. A mí me gusta jugar para perder. Porque perdiendo comprendo. No se comprende cuando se gana.
Yo, Mon, necesito comprender casi-casi- lo mismo que vos.
¿Por qué sentí, durante tanto tiempo; que no tenía derecho a pedir “algo más”?
-Conformate. Me dice la voz que me quiere mansa.
No sé vos. Pero yo no pienso conformarme.
Ya tuve bastante.
Mi propio desamor, mis benditas inseguridades, la ignorancia de mi valor como mujer, el caer una y otra vez en el mismo pozo, no despegar de historias obsoletas y repetirlas hasta el hartazgo, elegir la talla equivocada, un hombre embaucador, el sueño ficticio.
Tengo mucho polvo que quitar de encima.
Estoy derrumbando ese edificio.
Y es un gran desafío porque debajo de ese polvo ves que: diligentemente llevaste/llevé lo necesario a tu/mi verdugo (que en última instancia lleva tu/mi nombre pero en diminutivo), no conforme con eso, lo acompañaste/acompañé en la tarea de elegir el árbol adecuado para la no-tan-incauta- presa: vos/yo.
Uno, una; se lo hace todo.Todito.
Una, uno, dice SÍ, cuando debería decir NO.
Y decimos NO hartos ya de estar hartos y porque sí, (que no es el sí del imbécil sino del sordo.)
Por eso hay que jugar para perder. Perder para comprender. Comprender que nada es tan reciente como creíamos. Porque, amigo; la rueda es inevitable… y es mejor darle la vuelta para volver al punto de partida.
Ya no siendo los mismos.
Entonces, tal vez, cuando esa voz seductora nos interpele con un “¿eh, por qué no pides más?”,
podamos preguntar “y qué tanto me das?”.
Te quiero.
14/05/2005 04:52 Tema: pulsaciones.