Ella, conmigo.

Voy a contar una historia que no precisa creyentes. (Y pasará por alto a los escépticos, porque nunca aportan nada.)
Escépticos del mundo, no se ofendan. Es que yo también tengo criterio, puedo pensar, hago uso de mi lógica. Mis carencias son otras.

Última tarde en Buenos Aires:
No tengo ganas de manejar hasta el centro, decido tomar un remis: “Avenida Córdoba y Uruguay, por favor”. Viajé en silencio, los remiseros no se parecen en mucho a los taxistas. Ni siquiera comentarios sobre el tiempo.
Mi viaje tenía un propósito: retirar las piedras que había encargado, y buscar un bar donde tomar buen café para leer a un Saramago sin tocar: “El hombre duplicado”.
Pero tal como me ha ocurrido en otras oportunidades – inexplicables en principio- caminé sin dirección fija, perdiéndome un poco, disfrutando miradas, palabras dichas al pasar, esas cosas…
Me detengo en una casa de antigüedades. No, para ser sincera yo no me detuve, ni me detuvo un hombre ni una baldosa floja. Fue una imagen, una estatuilla de porcelana turquesa y terracota. Kuan Yin.
Cien veces pasé por allí. Cien veces entré. Cien veces dije: “estoy buscando una Kuan Yin”. Cien veces me fui sin nada.

- No, gracias, Confucio no me interesa. No es lo mismo, ¿sabe? No, tampoco quiero Quimeras (¿para qué querría más?)

Entré.
El hombrecito de anteojos estaba sentado en su escritorio, tapado de papeles y volutas de humo parissiene. Hola, le dije. Intenté averiguar si recordaba mi pedido.

- No. De su pedido no me acuerdo, pero nunca olvido una mujer hermosa.

Tarado. Yo quiero mi Kuan Yin. Le pregunté si podía sostenerla (sólo así sabría si “ella” era para mí).
Cómo no, dijo el hombrecito. Abrió la vitrina y bajó a Confucio. No, gracias, Confucio no me interesa. Entonces dedujo que Kuan Yin sería la que estaba al lado del siempreofertado bigotudo.

- Es una auténtica teja china. Una preciosura, fíjese. Está intacta. Data del 1.700.

- Ahá, todo eso está muy bien. Pero yo necesito sostenerla. ¿Me permite examinarla, por favor?

Basta pasearse por el Barrio Chino para encontrar una Kuan Yin. O meterse a curiosear en alguna tienda de “nuevas tendencias” (sic) para elegirlas en blanco marfil, rojo, púrpura, dorado, esbeltas, regordetas, sentadas sobre un loto, de pie, acompañadas por un tigre, una grulla; las hay de loza barata, madera, resina, cerámica. Todas se parecen. Hay tantas…
Pero entre tantas, tenía que haber Una. La mía. No tenía porqué ser nueva. Pero sí tenía que costarme. Como cuesta el amor. Como vale lo sagrado.
Cuando la tuve en mis manos y miré sus ojos –cerrados- y la dulzura que ninguna terracota –ningún dolor- logró endurecer; supe que mi búsqueda había terminado. En particular cuando noté que su mano estaba gastada, y que de su mala sólo quedaba una ligera impresión. (¿Cuántos ruegos llevaría consigo…?)

Mientras el hombrecito la envolvía cuidadosamente, me preguntó si yo era coleccionista.
Le dediqué una mirada misericordiosa.
Y partí por mis piedras.

Dos horas después:
Estoy frente al mostrador, chequeando con A. la cuenta de lo que llevaba gastando, cuando una mujer se para a mi lado y toma una piedra de color turquesa. La miro. Percibí algo. Extraño. No podría definirlo. Ni bueno ni malo. Sólo extraño.
Ella pregunta por la piedra. A. le responde que es una crisocola. Ella vuelve a preguntar; esta vez quiere saber por qué algunas son más claras que otras. Según la procedencia, contesta A. (sin prestarle demasiada atención.) Mi cuenta era abultada. Ah, dice ella. ¿Y la más oscura de dónde es? De Sudáfrica, responde A., que a esa altura ya sumaba por tercera vez. ¿Sudáfrica, es un país?.....................
Lo preguntó con la inocencia de un ángel. La miré con curiosidad; mejor dicho… la miré con la curiosidad de alguien que intenta comprender, asir ese halo que envolvía su voz, su presencia mansa, su no-saber…
Salí de allí con mis piedras y mi Kuan Yin. Di vueltas, doblé esquinas, retrocedí, crucé avenidas, tomé el café, seguí caminando… y entré a un kiosko a comprar cigarrillos.
Una voz a mis espaldas: “¿puedo hablar con usted?”
Yo buscaba monedas en mi billetera.

- Perdón. ¿Puedo hablar con usted?

Recién entonces me di vuelta. Y allí estaba. Ella. Con ese aura que no es de aquí. Con esa mirada abierta como dos mundos, diciéndome: “usted olvidó algo, ¿puede ir a buscarlo?”
No sé que dije. Palpé la bolsa, todo estaba perfectamente embalado para el viaje, no recordaba haber olvidado nada; pero le di las gracias y caminé de regreso hacia la tienda de A.
Durante el trayecto me pregunté cómo diablos me había localizado. No parecía sorprendida, ni agitada; tampoco dio explicaciones. “Usted olvidó algo”. Eso fue todo.
Ni bien abrí la puerta, A. me esperaba con un sobrecito en la mano.

- ¿Qué me olvidé?

- El corazón de cuarzo… el colgante… ése que compraste para regalar.

- Ahhh dije mientras puteaba por dentro.

La destinataria del regalo ni siquiera se hubiera enterado. Ni de la compra ni del olvido.
Caminar tanto para recuperar un corazón de cuarzo…
Tiré el sobrecito dentro la bolsa.
Y paré un taxi. Lo manejaba un señor mayor.
Acomodé los paquetes, el cuerpo y la oreja. Aquí dicen que los taxistas hacen de psicólogos a sus pasajeros. A mí me ocurre lo contrario.

- Av. Del Libertador al trece mil doscientos, le digo.

Silencio. Qué bueno. Uno que no habla, pensé.

Al rato…

- ¿Le puedo confesar una cosa, señorita?

- ¿Algún problema?

- Mire. Este es mi primer viaje. Yo tengo cáncer, ¿sabe? Y ahora me tuvieron que cambiar una válvula. Del corazón.

Corazón.

Mientras él hablaba y me contaba que no creía en nada pero se “sorprendía” conversando con Dios… “le pido cinco años, mire… con cinco años me conformo… lo único que quiero es ver crecido a mi nietito”; yo sacaba mi corazón de cuarzo. Jamás rasgué un papel con tanta convicción.
Lo coloqué contra mi pecho lo que duró aquel viaje.
Pensé en mi Kuan Yin.
Pensé en ella.
“¿Sudáfrica es un país…?” “Usted olvidó algo.”

Al bajarme del taxi, el señor mayor colgaba de su cuello lo que no recordaba haber olvidado.
01/06/2005 04:33 Tema: pulsaciones.
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