No fue eso, no.
Hace tiempo le prometí a Bart que escribiría algo sobre el Gringo. Todos saben quien es, pero nadie conoce nuestro principio…que fue justamente la falta de principio/s.
Creo que un principio es un “ahora y siempre, por los siglos de los siglos”, como dicta el Gloria. No hay comienzo, ni fin, ni tiempo ni espacio.
Hace dos años bajé de un micro después de un largo viaje hacia Cortaderas (allí se filmó “Un lugar en el mundo”). Último día del año. Nada que esperar. Ya todo estaba escrito. Quedaba, como en los libros, una hoja en blanco que acabaría en pocas horas.
Mi estado de ánimo era más que desastroso, y mis padres me esperaban para festejar aquel 31 de diciembre.
Allí estaban, respirando por mí, a un costado de la ruta.
Tiré la mochila para el abrazo pero antes me detuvo una verbena. Pequeñita, roja, mía. La arranqué, abrí el bolso y la guardé en mi libreta de teléfonos.
Sentí un buen augurio.
Y sonreí.
Ese verano nos conocimos. Lo recuerdo entrando a su vivero, sosteniendo tantas plantas como cabían contra su pecho. Lo vi dorado, no sé porqué. Dorado y ágil.
Me piropeó de entrada, y yo le devolví el piropo con un comentario desvergonzado.
Lo derrumbé, creo.
Pero él… él no me atraía. “Demasiado simple”, pensé. Simple.
Simple.
¿Cómo sería un hombre simple?
Y ese verano nada pasó. Nos vimos un par de veces, había amigos en común y plantas que comprar. Encuentros casuales, breves, tontos.
Durante el año recibí larguísimos mails que yo contestaba sin ganas y en tres renglones.
Tardó poco tiempo en dejar de escribir. Pasó de las palabras de amor al silencio del que espera.
Sin saber. Sin certezas. Sin alicientes. Sin conocer la historia de mi verbena y del buen augurio.
Volví a Cortaderas con un amigo íntimo. Por alguna razón evité que me viera. Seguía resultándome indiferente, pero no su sensibilidad. Y no quería herirlo, (o eso creía mi parte bienintencionada y negadora). Renegada, diría él.
El año volvía a cerrar su círculo y se acercaba otro 31 tan nefasto como el anterior.
Otra vez el micro la mochila y las verbenas.
Otra vez mis crisis amorosas. Mis pérdidas, dolores y secretos.
Acepté su invitación a cenar en familia y con amigos… un 3 de enero.
Llegamos a su casa. Advertí la ausencia de plumeros y esas cosas. Típico, pensé.
Me senté en el parque y admiré sus plantas. Eso no es típico, pensé.
Tampoco era típico en mi vida que alguien pusiera jazmines en mi plato.
¿Cómo podía saber que los jazmines eran mis flores favoritas?
Pero no fue eso, no.
Ni que me confesara que esa mañana el jazmín ( el único jazmín) estaba cerrado y el lo amenazó con abrirse o podarlo.
Tampoco fue el trato preferencial durante la comida, ni sus manos que “casualmente” apoyaba sobre mi hombro cada vez que se levantaba a servirme el vino. El pan. La comida. El postre.
No, no fue eso.
Fue un poema tan largo como sus mails, bello e intenso. Contado con el alma y los ojos clavados en mis ojos. Y su mirada húmeda.
Entonces lo vi.
Y mientras el café se calentaba y todos hablaban a los gritos yo tomé una decisión.
La gente se iba yendo y me levanté a lavar los platos. Él envolvía con cuidado un trozo de pan dulce para mí.
-. Tomá, para el desayuno.
-. No hace falta que lo envuelvas…
-. Es que se te va a secar.
-. No hace falta que lo envuelvas. No pienso desayunar sola.
-. No entiendo (cara de pánico).
-. Vamos a desayunar juntos. Quiero quedarme con vos.
-. Pero están los papis…
-. Y a mí que me importa.
-. Mañana te paso a buscar y nos quedamos juntitos todo el día, ¿querés?
-. No, no quiero. Lo que yo quiero es quedarme con vos (cara de ahora o nunca).
Me besó y salió volando.
Y cuando regresó me abrazó por detrás. Con sus alas.
Y yo… yo nunca más me fui.
Que por qué no me fui. Que por qué me quedé.
Eso merece otro capítulo.
Creo que un principio es un “ahora y siempre, por los siglos de los siglos”, como dicta el Gloria. No hay comienzo, ni fin, ni tiempo ni espacio.
Hace dos años bajé de un micro después de un largo viaje hacia Cortaderas (allí se filmó “Un lugar en el mundo”). Último día del año. Nada que esperar. Ya todo estaba escrito. Quedaba, como en los libros, una hoja en blanco que acabaría en pocas horas.
Mi estado de ánimo era más que desastroso, y mis padres me esperaban para festejar aquel 31 de diciembre.
Allí estaban, respirando por mí, a un costado de la ruta.
Tiré la mochila para el abrazo pero antes me detuvo una verbena. Pequeñita, roja, mía. La arranqué, abrí el bolso y la guardé en mi libreta de teléfonos.
Sentí un buen augurio.
Y sonreí.
Ese verano nos conocimos. Lo recuerdo entrando a su vivero, sosteniendo tantas plantas como cabían contra su pecho. Lo vi dorado, no sé porqué. Dorado y ágil.
Me piropeó de entrada, y yo le devolví el piropo con un comentario desvergonzado.
Lo derrumbé, creo.
Pero él… él no me atraía. “Demasiado simple”, pensé. Simple.
Simple.
¿Cómo sería un hombre simple?
Y ese verano nada pasó. Nos vimos un par de veces, había amigos en común y plantas que comprar. Encuentros casuales, breves, tontos.
Durante el año recibí larguísimos mails que yo contestaba sin ganas y en tres renglones.
Tardó poco tiempo en dejar de escribir. Pasó de las palabras de amor al silencio del que espera.
Sin saber. Sin certezas. Sin alicientes. Sin conocer la historia de mi verbena y del buen augurio.
Volví a Cortaderas con un amigo íntimo. Por alguna razón evité que me viera. Seguía resultándome indiferente, pero no su sensibilidad. Y no quería herirlo, (o eso creía mi parte bienintencionada y negadora). Renegada, diría él.
El año volvía a cerrar su círculo y se acercaba otro 31 tan nefasto como el anterior.
Otra vez el micro la mochila y las verbenas.
Otra vez mis crisis amorosas. Mis pérdidas, dolores y secretos.
Acepté su invitación a cenar en familia y con amigos… un 3 de enero.
Llegamos a su casa. Advertí la ausencia de plumeros y esas cosas. Típico, pensé.
Me senté en el parque y admiré sus plantas. Eso no es típico, pensé.
Tampoco era típico en mi vida que alguien pusiera jazmines en mi plato.
¿Cómo podía saber que los jazmines eran mis flores favoritas?
Pero no fue eso, no.
Ni que me confesara que esa mañana el jazmín ( el único jazmín) estaba cerrado y el lo amenazó con abrirse o podarlo.
Tampoco fue el trato preferencial durante la comida, ni sus manos que “casualmente” apoyaba sobre mi hombro cada vez que se levantaba a servirme el vino. El pan. La comida. El postre.
No, no fue eso.
Fue un poema tan largo como sus mails, bello e intenso. Contado con el alma y los ojos clavados en mis ojos. Y su mirada húmeda.
Entonces lo vi.
Y mientras el café se calentaba y todos hablaban a los gritos yo tomé una decisión.
La gente se iba yendo y me levanté a lavar los platos. Él envolvía con cuidado un trozo de pan dulce para mí.
-. Tomá, para el desayuno.
-. No hace falta que lo envuelvas…
-. Es que se te va a secar.
-. No hace falta que lo envuelvas. No pienso desayunar sola.
-. No entiendo (cara de pánico).
-. Vamos a desayunar juntos. Quiero quedarme con vos.
-. Pero están los papis…
-. Y a mí que me importa.
-. Mañana te paso a buscar y nos quedamos juntitos todo el día, ¿querés?
-. No, no quiero. Lo que yo quiero es quedarme con vos (cara de ahora o nunca).
Me besó y salió volando.
Y cuando regresó me abrazó por detrás. Con sus alas.
Y yo… yo nunca más me fui.
Que por qué no me fui. Que por qué me quedé.
Eso merece otro capítulo.
11/03/2004 02:58 Tema: pulsaciones.