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VOLVERSE HUMANO

Bailando en el Alvear.

¿Quién creería que las estrellas no me dejaron dormir durante el viaje?
Nadie.
Pero no podía dejar de mirar ese cielo.
Y pensar. En tantas cosas.
Y sentir.

Sentir.

- ¿Ma? ¿Querés venir a mi fiesta?
Y aquí estoy. Llegué para su fiesta.
Y para mi desesperación.
La ropa NO ME ENTRA.
No quepo. No respiro. Los cierres no suben. Lo botones no prenden.
No tengo tiempo ni energía para salir de compras.
Me estoy deprimiendo.
Tengo susto.
Sé que 200 ojos me verán entrar.
Y un par de ellos será implacable.

- Vos, una reina. Me decía anoche mi vieja antes de subir al micro.
- Sí, ma. Una reina.

Convenientemente medicada. Fajada como en lata de sardinas. Seguramente engancharé los tacos con la alfombra, trataré de abrir puertas que no abrirán porque estaré haciendo lo contrario (“empuje” para mí significa “tire”), transpiraré y se notará la aureola en mi blusa de gasa azul, me temblarán las manos y se me caerán los cigarrillos y el encendedor, lloraré cuando vea a mi hija y dos minutos después mi cara será un desastre, me preguntarán si me corté el pelo como Natalia Oreiro para “El Deseo”, y diré que no, que hace rato que tengo ese corte, y trataré de emborracharme lo antes posible hasta caer desmayada alegando que anoche no dormí nada.
Me sentiré terriblemente sola. Lo sé.

Dicen que es bueno escribir toda la mierda que se nos cruza por la cabeza.
Para después verificar, respirando hondo, que nada de eso sucedió.
O tal vez sí.
Aunque hay un detalle que no deja de conmoverme. Y es que ése lugar, no es cualquier lugar para mí.

Sólo espero que al entrar, no esté sonando “Un hombre y una mujer”.

Hay una razón.

Qué linda que estás, dice el gringo.
Mi cara lavada le sonríe.
¡Potra! Y sigue ahí, en la puerta. Parece que mi sonrisa no fue suficiente.
Hoy mi día es gris.
Y él lo sabe.

-Mamá... ¿te puedo llamar a cualquier hora?
-Claro que podés. Pero vas a estar bien, todo va a estar bien.
-Gracias. Te quiero mucho.
-Yo también te quiero mucho.
Dios.
Mío.
Por favor.
Por favor.
Por favor.

Nevenka me cantó este tema de Spinetta:
“ ... hay una verdad que dicen las grullas
“no te aventures más allá del valle mortal”
dicen que se juntan allí seres humanos para capturarse
y hacerse todo tipo de mal.
Por eso todos nos estamos buscando.
Por eso todos nos estamos mirando.
Hay una razón para pensar en Dios
y en mí.
Sin embargo el cielo se cruza y no se deja saber

... algo que se fue
sin totalmente desaparecer...”


A veces, ella también sabe.

De la soledad absoluta.

Los periodistas ya han terminado sus entrevistas, los editores han tomado el tren de vuelta a Zurich, los amigos con los que he cenado se han ido a casa, y yo salgo a pasear por Ginebra. La noche es particularmente agradable; las calles están desiertas; los bares y restaurantes, llenos de vida; todo parece absolutamente tranquilo, en orden, hermoso, y de repente... Y de repente me doy cuenta de que estoy absolutamente solo. Sé que ya he estado solo muchas veces este año. Sé que, en algún lugar, a dos horas de vuelo, me espera mi mujer. Y sé que, después de un día tan agitado como el de hoy, no hay nada mejor que pasear por las callejuelas y los rincones del casco antiguo de Ginebra, sin tener que hablar de nada con nadie, contemplando sin más la belleza a mi alrededor.
Sólo que esta noche, por alguna razón que desconozco, este sentimiento de soledad es extraordinariamente oprimente, angustioso; no tengo con quién compartir la ciudad, el paseo, los comentarios que me gustaría hacer. Por supuesto, tengo un teléfono móvil en el bolsillo, y un número considerable de amigos en esta ciudad, pero es ya muy tarde para llamarlos. Considero la posibilidad de entrar en algún bar y tomar una copa. Con casi total seguridad, alguien me reconocerá y me invitará a sentarme a su mesa. Pero pienso también que es importante llegar al fondo de este vacío, de esta sensación de que a nadie le importa si uno existe o deja de existir, así que continúo caminando.
Veo una fuente y recuerdo que estuve allí el año pasado, con una pintora rusa que acababa de ilustrar un texto mío que había escrito para Amnistía Internacional. Aquel día apenas intercambiamos palabra, tan sólo escuchamos el chisporroteo del agua y la música de un violín que venía de lejos. Cada uno estaba sumido en sus pensamientos, pero los dos sabíamos que, aunque distantes el uno del otro, no estábamos solos. Camino un poco más, en dirección a la catedral. Miro al otro lado de la calle; hay una ventana medio abierta y a través de ella veo en el interior a una familia hablando. La sensación de soledad aumenta, imparable; el paseo nocturno es ahora un viaje noche adentro, en el que busco el significado de sentirse completamente solo.
Empiezo a imaginar cuántos millones de personas, en este momento, por más ricas o encantadoras que sean, se sienten absolutamente inútiles y miserables, porque también están solas en esta noche, como lo estuvieron ayer, y como posiblemente lo estarán mañana. Estudiantes que no encontrarán con quién salir esta noche; ancianos delante de la televisión como si fuera su última salvación; hombres de negocios en sus habitaciones de hotel, preguntándose si tiene algún sentido lo que hacen, ya que en este momento sólo sienten la desesperación de estar solos.
Recuerdo un comentario oído durante la cena: alguien que acababa de divorciarse decía: "Ahora tengo la libertad con que siempre soñé". Es mentira; nadie quiere ese tipo de libertad, todos queremos un compromiso, una persona que esté a nuestro lado viendo las bellezas de Ginebra, hablando de la vida, o simplemente compartiendo un bocadillo. Mejor comer una mitad que comer uno entero y no tener con quién compartir nada, aunque sea un poco de comida. Es mejor pasar hambre que estar solo. Porque cuando uno está solo (y no hablo de la soledad que escogemos, sino de la que aceptamos resignados) es como si dejase de formar parte de la raza humana.
Comienzo a caminar hacia el hermoso hotel del otro lado del río, con su confortable habitación, sus atentos empleados, su servicio de primerísima calidad. Dentro de un rato estaré durmiendo, y mañana esta extraña sensación que, no sé por qué, me ha arrebatado hoy será sólo un recuerdo remoto y extraño, pues no tengo motivos para afirmar que estoy solo. Camino de vuelta, me cruzo con otras personas solitarias; tienen dos tipos de miradas: arrogantes (porque quieren fingir que escogieron la soledad en esta linda noche) o tristes (porque consideran que no hay nada peor en la vida). Se me ocurre que podría hablar con ellas, pero sé que se avergüenzan de su propia soledad. Tal vez sea mejor dejar que lleguen al límite y se den cuenta de que hay que ser osado, hablar con desconocidos, descubrir lugares donde conocer gente y evitar ir a casa a ver la tele o leer un libro. De otra manera, se perderá el sentido de la vida, la soledad se habrá convertido en un vicio, y el largo camino de vuelta en dirección al ser humano se habrá perdido para siempre.

Paulo Coelho

PS: Bueno, quería dejarles esto. Refleja muy bien el tipo de soledad que me abruma cuando estoy en Buenos Aires. Mis propios soliloquios. Aquello que no puedo.

Del otro lado del tiempo.

Del otro lado del tiempo.

Estoy rendida. La lluvia de ayer no fue obstáculo para que el gringo y yo decidiéramos cruzar las Altas Cumbres. Cargamos en el auto un par de cd’s, un bolso con algo de ropa, la cámara de sacar fotos y a Eva (mi muñeca de trapo).
A 2.700 mts. de altura no veíamos más allá de nuestras manos. Yo dije “así debe ser el cielo”. Me bajé del auto con la cámara y saqué fotos desde allí. Por encima de las nubes.
Ingredientes para un sándwich humano:
1. nubes (lo suficientemente densas como para cubrir cualquier paisaje)
2. un hombre
3. una mujer
4. nubes.
5. es conveniente condimentar con una pizca de intuición, y agregar en dosis apropiadas un poco de amor y de locura.

Él me tenía preparada una sorpresa: pasar la noche en Alta Gracia. Se había empecinado en llevarme hasta mi infancia. Quería saber qué cosas sentiría, si yo era capaz de recordar calles, plazas, algo. La idea me fascinaba pero al mismo tiempo me asustaba. Era como volver muy atrás en el tiempo. Y con el tiempo, volver muy atrás con mis fantasmas.
A medida que entrábamos en la ciudad me preguntaba “¿y ??? ”
Y yo nada.
Era volver pero... ¿quién volvía? ¿y las calles de tierra adónde estaban? ¿y la oscuridad, sólo interrumpida por la luz de la torre del reloj, adónde había ido? ¿y la casa de Mamina, y el Hotel Londres, y la vieja terminal de micros... adónde? ¿adónde?

Hasta que vi el Tajamar.

Entonces la niñita y yo nos encontramos.
Me bajé del auto, salté el muro de piedras y llegué corriendo hasta la orilla.
Las farolas iluminaban el agua y me quedé muy quieta esperando ver lo que mi memoria mantenía en secreto.
Los peces que formaban remolinos.
Los remolinos que formaban rondas.
Las rondas a la hora de la siesta.
La siesta después de robarme todos los nísperos que fuera capaz de comer.
Hace 35 años. En Alta Gracia.

De regreso, puse a Eva como almohada y dormí hasta Quebracho Ladeado. Había comprado un ¿pizzie?? Bueno... algo así. Imaginen un gnomo de pelos verdes con un ágata en la mano y un rostro bellamente andrógino.
El gringo lo miraba (me miraba) atónito. No sabía si decirme qué lindo o qué asco esacosaquecomprasteporDiosqueES???
Me dijeron que era articulado pero resulta que jugueteando le amputé una mano. La cosa es que el pizzie, ahora manco, se veía aún peor. Nevenka lo estuvo examinando como a una lagartija muerta, hasta que decidió que era “tierno”. Pero no pienso regalárselo.
Ah...y tengan cuidado. Si pisan un pizzie serán hechizados y olvidarán el camino de regreso a casa. El duendero me dio el conjuro. Si llegaran a perderse... se los cuento.

Todo suelto.

5.41 a.m. recién se va Fede. Fiel a su costumbre tocó el timbre de casa en plena madrugada. Al abrir la puerta encontré un hijo detrás de un enorme huevo de pascua.

Llegó el día, hoy parto del cemento que me parte. Nada me pone más abúlica que Buenos Aires. Estoy harta de tanto cartel en la calle vendiendo celulares que dentro de poco provocarán orgasmos simulados. ¿Qué pasa con la gente que necesita consumir tanta mierda, tanto plástico, tanta ilusión? Cada vez me siento más lejos de todo eso. Me provoca sensación de vacuidad ajena.

¡Quiero sierras! Extraño desayunar mirando “la medianera” (detrás está Córdoba), el parque, mi rincón de lectura, los perros corriendo al gato, el gato corriendo a las palomas. El gringo corriéndome a mí. Bah, la vida bella.

Extraño subir a mi auto e irme adonde me de la gana. Llegar hasta mi cabaña en construcción, y treparme hasta la parte más alta para esperar la puesta de sol. En total soledad. En total silencio.

Extraño a Nevenka. La ceremonia de vernos las caras cuando recién despertamos, el cruce de miradas lagañosas y la mano en alto como todo saludo. A ninguna de las dos nos gusta hablar ni bien nos levantamos, así que desayunamos escuchando al flaco Spinetta... mientras el gringo habla, habla y habla. Solo.

Extraño mis cafés en el bar que está frente a la plaza. Tiene mesas grandes, ideales para sacar un par de libros, un cuaderno de apuntes y desparramar el tiempo y las ideas. Alimento palomas y tordos mientras pasa la gente, pasa la mañana, y pasa la paz para quedarse.

Extraño el boliche. Ese rito de encender las velas, servirme una copa de vino y conversar con la gente. Y después, cuando todos se han ido, tener nuestro propio banquete. Es la hora en la que empiezan a caer los amigos de Neve, y la mesa se extiende, y las charlas de extienden, y vuelan besos y risas.

Perdón.

Perdón.

Pascuas. No comulgo mucho con lo Apostólico Romano. Por eso mi Padre y mi Madre tienen los nombres y rostros de mis estados de ánimo.
Cuando me preguntan a qué Iglesia pertenezco no sé que contestar.
A veces digo “a la mía”. Hay gente que me mira con ganas de tirarme a una hoguera.
Yo, nada más sonrío y cambio de tema.
Ya aprendí que no hay nada que explicar.
Todos tenemos algo que consideramos sagrado. En mí, no está afuera. Afuera sólo están las representaciones de lo que me habita.
Éste no es un día que yo asocie con huevos de chocolate, y menos con conejos. Tal vez con una rama de olivo que jamás compraré, que nunca iré a buscar, pero que siempre recibo de manos de alguien. Y ése gesto, eso es lo sagrado, en particular cuando viene de un niño. Como me pasó este año.
Sin embargo esta fecha, este día que hoy paso en soledad, me dice algo.

Perdón.

Si hoy pudiéramos perdonarnos…

Decirnos “perdoname por tal cosa”, “supe lo que decía, supe lo que hacía, pero no supe que podría provocarte dolor… y yo no quiero que cuando pienses en mí, sientas dolor”.

Esto va para todos aquellos a quienes herí, sin importar el tamaño de la herida.
Sin importar si también fui herida. Sin importar si mis heridas han cerrado, o siguen sangrando más allá de todo.

Me gustaría poder decir esto en persona. Pero la verdad, no me atrevo. Adivino rechazos y no estoy tan fuerte como para soportarlos.

Esto es todo, que estén bien.

Si juntos vamos a andar yo voy a saber andarte.

Si juntos vamos a andar yo voy a saber andarte.

La otra tarde Nevenka me pidió compañía. Entre mate y mate me leyó sus últimos poemas (no tiene derecho a escribir así a los 17). Tiradas en la cama hablábamos de pantanos, sueños premonitorios, cuerpos de chicos y cuerpos astrales.
En éso estábamos cuando el gringo se asoma por la puerta:

- ¿De qué hablan?

- Del cuerpo astral, dije yo.

Nevenka no contuvo su risita.
Yo lo miré seriamente.

- Ah. Mejor me voy a duchar.

Ése es mi Gringo. El de las respuestas “Mendieta”.

- ¿Puedo usar el baño?, pregunto.

- No, ya está usado.

Es quien cambia las letras de Sabina por otras declaradamente obscenas.

- Eyyy!!! le grito.

- No era así… ¿no?

Es toda su respuesta.
Y sigue cantando.

Cuando habla se le entiende poco. Cuando canta tiene una voz maravillosa. Me hace moquear con su “Profesía”, o su “Estatua de carne”. Nadie conoce mejor a Larralde: mi libro de otoño marca mi destierro de las arrogancias de todo lo incierto, de las falsedades, de los desalientos, de la muerte oscura de quien roba cielos. 1
Y a veces tiene que explicarme ciertos versos, porque mi cultura... tan distinta a la suya, me impide comprenderlos.

Es descendiente directo de gitanos, (húngaros y croatas).
Suele tomarme la palma de la mano y mirarla en silencio. La compara con la suya y me muestra la línea de la vida. Justo allí, donde se cortó (su vida y en su palma) hace muchos años, luego de un accidente.

Pero volvió.

Yo creo que es un ángel desde entonces. Y que volvió para encontrarnos en el lugar de mi destierro. La nube ignora por qué se desplaza en una determinada dirección. Pero el cielo conoce las razones y las configuraciones que hay detrás de todas las nubes. 2

Ya les dije, a veces lo veo bañado en una luz dorada.

Cuando nos acostamos o nos abrazamos en silencio puedo sentir su aura. Aunque digas que no… aunque digas que no, las hojas y los pájaros se verán en el aire, sin prejuicios ni espejos que perturben sus alos. 3
A veces me despierta su voz porque me está contando historias como nanas. Sabe que aún dormida yo lo escucho. Te contaré historias que busco en mi memoria, para en realidad, mientras tanto, buscar el respiro que necesito porque no quiero que se acabe ese momento, quiero que dure, porque mientras tanto yo vuelo, y disfruto y gozo, y me desespero por un beso mas, y entonces aparece en mi mente otra historia, y quiero contártela... Y voy a contártela. Si me escuchas, si no te duermes, si apoyas tu cabeza sobre mi hombro. 9

Relata anécdotas de su abuela Rosalía y un cofre misterioso. Ella le daba consejos en su media lengua:

- Nunca te apegues a las cosas materiales. Nunca tengas casa propia o tu conocimiento del mundo será tan estrecho como sus ventanas.

Y así fue. Sólo los hombres buenos ponen su fe encima de las piedras, para que el mundo vea y sepa que la fe siempre es cúspide y puente en los abismos. 4

Sus ojos son chiquitos y celestes. La piel bronceada y curtida. Las manos agrietadas por hundirlas en la tierra para sembrar más que semillas.
A veces me pide perdón cuando me acaricia.
Es de lágrima fácil y se esconde para llorar.
Oculta sus preocupaciones pero yo las adivino, porque entonces canta. Sólo los hombres buenos ignoran que lo son, cantan cuando el silencio aturde en el cerebro. 5

Sueña con llevarme a Caleta y mostrarme su playa. Con emprender un viaje al mejor estilo "Autonautas" de Cortázar.
Aún viviendo juntos me escribe mails. “(…) por ahora todo está igual, la lluvia sigue, la vida también, aunque tengo muy claro que hay dos formas de vivir...con vos o CON VOS. Veré cual de las dos elijo.”

Él hace la lista de las compras. Y la última cosa que siempre escribe es “¡¡¡forros!!!”... pienso en cuantos lugares habré olvidado esas listitas.
Cuando tengo que salir por varias horas, hace una “sentada” en la vereda. De espaldas. Y yo atrás a los bocinazos. Pero no le importa nada.
También le gusta disfrazarse… (en particular con mi ropa). Sé que cuando estoy triste debo prepararme para el “plato fuerte”. Elucubra lo que sea con tal de arrancarme una carcajada. Porque nunca será una risa tibia.
Cuando duermo mucha siesta me despierta con un café y me dice:
- Levantate… se te está haciendo tarde para acostarte.

Juega mucho con el absurdo.
Hizo teatro independiente durante 18 años y no quiere morirse sin protagonizar “El hombre de la rosa en la boca”.
Recuerda cada línea de casi todas las obras de los grandes dramaturgos argentinos. Su mayor orgullo es haber estado en el Cervantes y en el San Martín.
Conserva los programas, las fotos, los recortes… pero no es nostalgia, no.
Es amor por lo hecho. Todos queremos que nos cuenten historias, y las escuchamos del mismo modo que las escuchábamos de niños. Nos imaginamos la verdadera historia dentro de las palabras. 6

Hablo de un hombre que no terminó la escuela. Que no conoció a su padre. Que fue el menor de ocho hermanos. Que fue criado por la teta del desamparo. No me interesa quién eres o cómo llegaste a estar aquí. Quiero saber si te pararás en el centro del fuego conmigo sin rehuir. No me interesa en dónde o qué o con quién has estudiado. Quiero saber qué es lo que te sustenta desde adentro cuando todo lo demás desaparece. 7

Por eso estoy con él.
Por eso vuelvo.
En la punta del pie el salto. Parece historia de alguien que fue y no volvió: es allí a donde voy. ¿O no voy? Voy, sí. Y vuelvo para ver cómo están las cosas. Si continúan mágicas. 8

Citas:
1, 3, 4, 5: José Larralde
2: Richard Bach
6: Paul Auster
7: Oriah Mountain Dreamer
8: Clarice Lispector
9: Él.

Dormí que te cuento.

Me gustaría saber qué hacen ustedes con sus sueños. No me refiero a los anhelos, deseos o fantasías.
Hablo de los sueños que se tienen al dormir.
Esta tarde desperté de la siesta con una imagen muy fuerte. Animales devorando mi comida, mientras yo trataba de rescatar lo que quedaba gritando “¡no! ¡la mitad no!!!”
Mhhhm… la mitad.
Me senté en la cama y repasé cada detalle. Pensé en todas “mis mitades”. Mitad aquí mitad allí. Mitad en el ahora mitad en el quinto carajo.
En todas las mitades que he sido para otros.
En todas las veces que fui mi mitad.
Y me di cuenta que no debía irme. No hoy. No ya.
Había una parte con la que debía reunirme.
Levanté el teléfono, llamé a la compañía de micros, y cancelé mi viaje.
Levanté el teléfono, llamé al Gringo, y le expliqué. Me dijo que me amaba un poco más que antes.
Después seguí levantando el teléfono, pero solo porque sonaba.
Del otro lado había voces queribles.
Pero la más querible fue la vocesita de mi hija.
Con la que acabo de cenar.
Un día después de su cumpleaños.
¿Ven?
Siempre hay que hacer algo con los sueños. A veces nos empujan. A veces nos detienen.
A veces nos muestran lo hambrientos que estamos.
O como nos dejamos devorar.

Me gusta pensar que todos tenemos una Baba Yagá, una Mujer de dos mil años * que se nos acerca compasivamente al dormir, para contarnos las historias que debemos saber.

* Personaje mítico del folklore centroamericano.

Once upon a time.

Once upon a time.

A veces escribo cosas que no siempre quedan. Las quito porque me da pudor que estén aquí, siento que son muy mías, que para qué o para quién las digo. Tal vez para mí. Tal vez necesito leerme unos instantes.
No sé que haré con esto.

Hace quince años nacieron dos niñas. Cuartos contiguos, pocas horas de diferencia, distintas maneras de ser recibidas por la vida.
Mientras mi hija dormía en su cunita, pude escuchar como la muerte dejaba a aquella bebita completamente sola. Sin teta, sin calor.
Sin mejillas llenas de sol y dulzor.
Solo muerte.
Era en abril, como cantaba Baglietto.
Y yo quedé con el alma muda.

Hoy es el cumpleños de ambas.
Hay una niña que estará triste en algún lugar que desconozco.
Hay una niña que está triste en un lugar que conozco.
Y hay una madre que está triste. Aquí.

Y la vida pasa.

TE AMO AGOSTINA. TE AMO. Y todo estará bien, todo estará bien mi amor.

Avisito.

No sé ustedes, pero yo tengo problemas para entrar a mi blog. Descubrí que yendo a www.blogia.com, y buscándome entre los 200 últimos artículos, PUEDO ENTRAR.
Disculpen, pero si les pasa lo mismo, y quieren leerme y participar (siii por favor), van a tener que tomar ese atajo. La p....

Sin nubes de palabras.

Ninguna palabra significa nada en realidad. El significado se lo damos nosotros, es una convención. Por eso existen tres mil lenguas en el mundo, pero no hay tres mil realidades.
Podés crear tu propio lenguaje privado. Los amantes siempre crean su propia lengua privada: comienzan a utilizar expresiones particulares que nadie comprende pero ellos sí.
El significado es algo dado; no existe realmente. Cuando alguien dice: “¡fuego!”, no hay fuego en la palabra, no puede haberlo. Cuando alguien dice Dios, en la palabra Dios no hay Dios, no puede haberlo. Cuando alguien dice amor, la palabra amor no es amor.
Cuando alguien dice “te amo”, no te quedes sólo en las palabras. Pero te engañás, porque nadie mira la realidad; la gente sólo se fija en las palabras. Cuando alguien dice “te amo”, vos pensás: “sí, me ama”. Estás metiéndote en una trampa. Mirá la realidad de ese hombre o esa mujer. No escuches las palabras, escuchá la realidad. Entrá en relación con la realidad de esa persona y surgirá la comprensión de si lo que está diciendo son sólo palabras o si también llevan un contenido.
Nunca dependas de la palabra sin contenido… o tarde o temprano vas a frustrarte.
Tantos amantes están frustrados en el mundo… ¡el noventa por ciento! La causa es la palabra. Creen en la palabra y no miran la realidad.
No permitas que ellas te posean, o vas a vivir en un mundo falso.
Las palabras son falsas en sí mismas; sólo se vuelven significativas si existe alguna verdad en el corazón del que proceden.

Fragmento de "Sordo, mudo y ciego", de Osho.

Lo extraordinario en lo ordinario.

Lo extraordinario en lo ordinario.

No existe en ninguna otra lengua una palabra equivalente a satori. Es algo especialmente Zen. Una visión momentánea, una vislumbre de lo extraordinario en lo ordinario.
Necesitaba abrir una sección en la que pudiera transcribir fragmentos de pensadores como Osho, Moore, Weiss, Long, Gurdjieff, Gautama, Tagore, y otros...

Hasta la noche.
Cuando la oscuridad me ilumine, elegiré algo para ustedes.
Que siempre será precioso para mí.

Venecia sin mí.

Si toda la vida es un camino, y si toda la vida es una búsqueda, acéptalo aunque te duela, toda la vida es una despedida.
Y solo aprendiste a vivir cuando aprendiste a despedirte.


Hace días partió alguien con quien compartí momentos de mi vida.
Cuando dos personas se encuentran en situaciones críticas, rara vez la relación perdura como pareja. Pero pueden ayudarse enormemente.

Entonces queda esa gratitud, ese guiño cómplice de quien ya sabe.

Tal vez nunca caminemos por Venecia.
Pero sé que una despedida no es un abandono.
Y se siente distinto.

Círculos perfectos.

Bien, aquí estoy. Lista para contar un sueño. Demasiado vívido en verdad, pero no puedo decir otra cosa. Sólo serían especulaciones.
Lo sé. Nadie me impide especular.

Bien, aquí estoy. Lista para contarme en otra vida.
Que aún no viví.

Voy al volante de un auto. La ventanilla está baja, miro hacia un costado, hasta verme, y me dedico una sonrisa enigmática.
Sé que soy ella. Ella sabe que la miro. Ella sabe que sé.
Todo es armonioso. Mujer, auto, paisaje.
La belleza.
Una pequeña carretera la conduce por un bosque de árboles delgados.
Llovizna, ella conserva esa sonrisa y cada tanto me mira.
Su pelo es una mata exuberante que el viento no toca.
Lleva un extraño cuello que sólo deja al descubierto los labios. Rojos.
Y un sombrero que no deja lugar a dudas. Es bruja.
Ella tararea una canción. Se la ve segura, espléndida. Feliz.
Quiero estar allí...
Quiero llegar.

No me importa que el agua moje mis zapatos de tacones altos.
Corro y levanto mi vestido para no tropezar y porque quiero mostrar el encaje rojo que se esconde bajo mi falda negra.
Corro y me río. Me río y lo llamo.
Estoy hablando francés.
Subo a toda prisa las escalinatas de piedra.

Las puertas del castillo están abiertas pero ya no veo nada.
Ya no soy ella.

Me encuentro suspendida de la inmensa araña de cristal.
Como un cairel más, desde allí, presencio el abrazo con el hombre que amo...
Los bailarines ceden el centro del salón. Desnudo. Vacío. Sólo una escalera que se desdibuja en el último peldaño.

Y nosotros... él y yo, (porque sé que somos él y yo), danzamos en el aire un círculo perfecto.

Nota 1: espero poder subir este post. Anoche, promediando esto que escribí, se cortó la luz un segundo. Pero fue suficiente para apagar la máquina. Cuando había terminado y estaba a punto de conectarme, el corte fue general. Encendí una vela como en los viejos castillos medievales y me retiré a mis aposentos.
Con una sonrisa.
Enigmática.

Nota 2: no hablo una palabra en francés.

Más allá de la mirada.

Más allá de la mirada.

"Tan solo quería llegar lo más lejos que pudiera con mi mirada, ver en lo más profundo
de la noche…"

De sus ojos…
De mi alma…

De las aguas…


Yo hubiera podido ser cualquier cosa: astrónoma, oceanógrafa, geóloga, antropóloga. Pero fui psicóloga. También hubiera podido ser monja o prostituta.
Distintas maneras de asomarse.
Al dolor.
Al placer.
Creo que el péndulo oscila entre ambos. Y si bien El Kybalión dice que la medida de los movimientos es la misma, yo no estoy de acuerdo. Podemos hacer que nuestro péndulo se impulse más hacia un lado, que nuestra frecuencia se eleve, que vibremos más alto.
También hacia el dolor, claro. Hay gente que lo necesita para otorgarle sentido a su existencia. No habría victimarios sin víctimas pero el sufrimiento es un gran seductor.
Sin embargo… luego del Big Bang, del caos, al Universo no se le ocurrió victimizarse.
Y que nadie me hable de conciencias, porque no existen leyes más perfectas que las cósmicas.
Si realmente pudiéramos asomarnos, si realmente pudiéramos ver en lo más profundo de lo que fuera…
Sé que hay gente que lo intenta. Yo lo intento. Mi pareja lo intenta. Vos, Nadie, lo intentás.
Pero todavía estamos demasiado apegados a nuestras emociones. Para todo tenemos un juicio, un valor, un concepto.
Esta noche, y sin salir a mirar en lo profundo, hablábamos de eso: de quienes morirán sin haber revisado lo aprendido. De quienes se quedaron con la versión de cómo hay que vivir, sentir, y comportarse. Y confunden el ser con el deber ser.
No voy a engrosar esa lista. Dedico buena parte de mi vida a preguntarme ¿esto es lo que quiero? ¿así? ¿aquí? ¿ahora? ¿sí? ¿no?
Esa foto del espacio ultraprofundo… ese caos… es una de las cosas más bellas que vi en mi vida.
Me hizo pensar en mí y en todas las que me habitan.
Me recordó la apariencia de mis cristales. Las galaxias que esconden y que podría mirar (en lo profundo) sabiendo que esta vida no me alcanzaría para conocer (en lo profundo) a ninguno de ellos.
Y que por mucho que le pida a mi hombre, en el momento del amor “mirame, mirame”, no llegaré, nunca, hasta allí.
Porque no sólo hay que revisar versiones. Hay que aprender a mirar. Y comprender que el otro puede elegir morir de víctima o lo que prefiera, pero hay otros cuerpos/ versiones/ ventanas con las que podemos aliarnos si sabemos mirar a esa persona.
Aprender a mirar es aprender el significado de la compasión. Su falta es la que nos segrega y nos vuelve solitarios e intolerantes. Y que no es real que seamos un todo. El día que lo logremos el Universo y nosotros pulsaremos juntos. Ya no habrá velos. Ni bordes. Pero sí octavas superiores. Sí un éxtasis que tomará el lugar que hoy ocupa el sufrimiento.
Puse la foto como fondo de pantalla, y recordé aquellas palabras de Oscar Wilde: “aún cuando se lo ha medido todo, no se puede medir la órbita del alma”.
Para cualquier metafísico esa foto es una representación perfecta de los “registros akáshicos” de una persona. Del holograma que nos conforma (cuerpo, mente, espíritu, emoción). De éstos que somos y fuimos. Del tiempo como un continuum. De la noción de que nunca hubo principios ni finales, sino que todo ES.
Y por último, Nadie, compasión y humildad se parecen bastante. Creo que nunca llegaré a mi espacio ultraprofundo, pero como siempre digo… tengo mi escalera y mi linterna… y a mis grutas las visito con frecuencia. Al menos una vez al día.

Nota: la primera línea la saqué del post de Barton, o mejor dicho y tal como contesta el cíclope, Nadie. Léanlo a él. Lo mío es un divague metafísico que me provocó su nota.

La mirada.

Para escribir tengo que estar sola, o tal vez porque esté sola. Pero cuando el gringo está conmigo, yo prefiero estar con él. Y así sucedieron estos días.

Mientras la vida pasa, yo trato de elevarme cuanto puedo, porque descubrí que desde arriba siempre se ve mejor.

Esta tarde salí del consultorio de una médica. El tema me tiene mal, preocupada, angustiada. Pero no voy a hablar sobre eso. Antes de retirarme averigué por una remisería. No me pregunten por qué, pero sentí que hoy no debía manejar. Me dicen que bajando, a la izquierda, había una. Bien. Bajé, miré hacia la izquierda… la ví. Y tomé en dirección contraria.
¿Qué? ¿Tengo ganas de caminar? No estaba muy segura. No sabía hacia donde iba. Caminé bastante.
De pronto me detuve en un cajero automático… entré, hice una extracción y cuando estoy saliendo del banco me detiene un muchacho de aspecto sencillo, cargado de baldes y material de limpieza, pequeño, pero con unos ojos increíblemente verdes, grandes, rasgados. Bellos. Bello.
Zas, pensé. Me va a pedir plata.
.- Señora, disculpe. ¿Podría decirme cómo consiguió el collar que tiene puesto?
Me reí, saqué un cigarrillo, lo encedí. Y pensé… qué boluda, ahora me afanan… claro, me vio saliendo del banco… seguro aparece alguno por detrás, corriendo, y me quita la mochila… y yo acá como una imbécil… fumando y mirando esos ojos.
.- ¿El collar? No es un collar, es un mala.
.- No es un mala, es un japamala.
Me sorprendo. No entiendo. Sigo esperando el “robo”.
.- ¿Un qué?
.- Un japamala… lo que usted tiene está hecho con madera de Tulsi, un árbol sagrado de la India. Dicen que quien lleva un Tulsi en el momento de la muerte no conocerá el infierno. ¿Usted fue a la India?
Le contesté que no, que a pesar de mi apariencia (del Tulsi, mis tobilleras, y mi arito en la nariz), no me sentía preparada para hacer ese viaje. Que había sido un regalo de mi mamá, que acababa de volver.
Hablamos cerca de una hora. No es que quiera guardarme los detalles de ese encuentro. Creo que me falta tiempo para procesarlo. Pero entre todas las cosas que nos dijimos y fuimos descubriendo, me quedo con tres: el mala que sacó de su bolsillo, también de Tulsi (y que me dejó sostener durante un rato), el relato de una boda que está por oficiar, y la mención de Krishna y una historia sobre la muerte.

Ojalá, lo que sigue, lo lea Juan.

Al hablarme de Krishna y la muerte, recordé a Carlitos Rivelli… Juan.
Recordé a Kay.
Pero el nombre de Kay, salió de sus labios antes que de los míos.
En ese momento hubo una conexión profunda entre nosotros. La pregunta, en mi cabeza, era qué magia mueve ciertos hilos para que yo estuviera allí. Hay cientos de miles de personas a tu alrededor… y vos caminás por donde no deberías estar caminando… y de pronto alguien se fija en tu collar.
.- ¿Conocías a Kay? Fue mi pregunta. Obvia. Estúpida. Incrédula.
.- Estuve con él hasta el final. ¿Sabés cuales fueron sus últimas palabras?
.- No.
.- Lo único importante es el amor.
.- Ahora que recuerdo… recibí un mail que anunciaba su muerte, y sí, esas palabras estaban en el mail… poco antes de morir le mandé el “Credo de un guerrero”… no sé si lo habrá leído…
.- Lo leyó.
.-¿Y vos como sabés?
.- Porque yo se lo leí. Y yo mandé aquel mail. Yo soy M… señora.
Hubo un silencio que no puedo definir, ni las miradas, ni nada.
No volvió a tutearme. Yo le di un beso. Nos despedimos con un hasta pronto, o hasta cuando la vida lo diga, o hasta nunca jamás. Dije “uno nunca sabe”. Y por primera vez sentí que había dicho la frase más idiota de todos los tiempos. Algo me cambió en la cabeza. También en mi estado de ánimo.
Ahora sé que siempre sabemos.

Nota: El japamala es un rosario de 108 cuentas que, paradójicamente, enseña la Unidad.

Madrid II.

Madrid II.

"... y el andén espera por mí . . ./ y que dirás cuando termines/ el bocado de tu propia flor . . ./ Oh, alguien debió conservar/ y cuidar con amor/ este jardín de gente . . ./ a Dios nunca se le ocurrirá, no . . ./ Como harás para ver/ y aliviar el dolor/ en el jardín de gente . . ./ algún acuerdo en tu alma tendrás . . ./ Y ya no sé . . ./ si es que amanece, o veo el cielo . . ./ como un gran collage . . ./ el collage de la depredación humana".

Jardín de gente. Luis Alberto Spinetta.

Madrid.

No se olviden que el dolor, no calla quienes lo hicieron.
Patxi Andion.

OM SHANTIH FRIEDEN PAZ PEACE PAIX PACE PACO SHALOM SALAM MIR

No fue eso, no.

Hace tiempo le prometí a Bart que escribiría algo sobre el Gringo. Todos saben quien es, pero nadie conoce nuestro principio…que fue justamente la falta de principio/s.
Creo que un principio es un “ahora y siempre, por los siglos de los siglos”, como dicta el Gloria. No hay comienzo, ni fin, ni tiempo ni espacio.

Hace dos años bajé de un micro después de un largo viaje hacia Cortaderas (allí se filmó “Un lugar en el mundo”). Último día del año. Nada que esperar. Ya todo estaba escrito. Quedaba, como en los libros, una hoja en blanco que acabaría en pocas horas.
Mi estado de ánimo era más que desastroso, y mis padres me esperaban para festejar aquel 31 de diciembre.
Allí estaban, respirando por mí, a un costado de la ruta.
Tiré la mochila para el abrazo pero antes me detuvo una verbena. Pequeñita, roja, mía. La arranqué, abrí el bolso y la guardé en mi libreta de teléfonos.
Sentí un buen augurio.
Y sonreí.

Ese verano nos conocimos. Lo recuerdo entrando a su vivero, sosteniendo tantas plantas como cabían contra su pecho. Lo vi dorado, no sé porqué. Dorado y ágil.
Me piropeó de entrada, y yo le devolví el piropo con un comentario desvergonzado.
Lo derrumbé, creo.
Pero él… él no me atraía. “Demasiado simple”, pensé. Simple.
Simple.
¿Cómo sería un hombre simple?
Y ese verano nada pasó. Nos vimos un par de veces, había amigos en común y plantas que comprar. Encuentros casuales, breves, tontos.
Durante el año recibí larguísimos mails que yo contestaba sin ganas y en tres renglones.
Tardó poco tiempo en dejar de escribir. Pasó de las palabras de amor al silencio del que espera.
Sin saber. Sin certezas. Sin alicientes. Sin conocer la historia de mi verbena y del buen augurio.
Volví a Cortaderas con un amigo íntimo. Por alguna razón evité que me viera. Seguía resultándome indiferente, pero no su sensibilidad. Y no quería herirlo, (o eso creía mi parte bienintencionada y negadora). Renegada, diría él.

El año volvía a cerrar su círculo y se acercaba otro 31 tan nefasto como el anterior.
Otra vez el micro la mochila y las verbenas.
Otra vez mis crisis amorosas. Mis pérdidas, dolores y secretos.
Acepté su invitación a cenar en familia y con amigos… un 3 de enero.
Llegamos a su casa. Advertí la ausencia de plumeros y esas cosas. Típico, pensé.
Me senté en el parque y admiré sus plantas. Eso no es típico, pensé.
Tampoco era típico en mi vida que alguien pusiera jazmines en mi plato.
¿Cómo podía saber que los jazmines eran mis flores favoritas?
Pero no fue eso, no.
Ni que me confesara que esa mañana el jazmín ( el único jazmín) estaba cerrado y el lo amenazó con abrirse o podarlo.
Tampoco fue el trato preferencial durante la comida, ni sus manos que “casualmente” apoyaba sobre mi hombro cada vez que se levantaba a servirme el vino. El pan. La comida. El postre.
No, no fue eso.
Fue un poema tan largo como sus mails, bello e intenso. Contado con el alma y los ojos clavados en mis ojos. Y su mirada húmeda.
Entonces lo vi.
Y mientras el café se calentaba y todos hablaban a los gritos yo tomé una decisión.
La gente se iba yendo y me levanté a lavar los platos. Él envolvía con cuidado un trozo de pan dulce para mí.
-. Tomá, para el desayuno.
-. No hace falta que lo envuelvas…
-. Es que se te va a secar.
-. No hace falta que lo envuelvas. No pienso desayunar sola.
-. No entiendo (cara de pánico).
-. Vamos a desayunar juntos. Quiero quedarme con vos.
-. Pero están los papis…
-. Y a mí que me importa.
-. Mañana te paso a buscar y nos quedamos juntitos todo el día, ¿querés?
-. No, no quiero. Lo que yo quiero es quedarme con vos (cara de ahora o nunca).
Me besó y salió volando.
Y cuando regresó me abrazó por detrás. Con sus alas.

Y yo… yo nunca más me fui.

Que por qué no me fui. Que por qué me quedé.
Eso merece otro capítulo.

Tres, y cero nueve.

Son las dos y veintitres de la madrugada.

Y veinticuatro.

Sigo pensando y ya son y veinticinco.

El tiempo pasa. Nos vamos volviendo viejos.
No, yo no.

Tengo ganas de pasar de un tema a otro.
Por lo tanto no habrá tema.
Volverse humano. Animales inconclusos.
Pienso que carajo escribir para justificar semejante cosa.
Y mientras pienso tomo una copa de vino patero que traje de Merlo y escucho La Metro.
También fumo, miro un hidrolito que no suena a nada por más que lo sacuda, y ya me estoy levantando a encender un sahumerio.
A ver que tengo por aquí… Huele rico.
Cada vez que comienzan a quemarse digo (pienso) “luz divina”. Y siempre se me ocurre lo mismo: es una tara (Tara…) que heredé de mi vieja.
La verdad, no me importa.
Gracias, ma.
Vuelvo al título de mi blog. Una cosa es el cuerpo, y otra la humanidad.
En algún lugar leí que la humanidad es ponernos a disposición de lo que nos presente la vida. Estar presentes junto a lo que existe.
Paciencia, decisión, humor y abandono. Sensualidad y juego.
Somos inconclusos porque nuestra naturaleza es SER desproporcionados e incompletos. Entonces vamos por la vida buscando completarnos a través de relaciones.
Nos enamoramos de nuestro anhelo de ser nosotros mismos pero más plenos.

Pero nadie da lo que nos falta. Así que no insistan.

Somos esa cosa deprimente (o magnífica) que nos devuelve el espejo... cuando miramos del otro lado.

Nota: "mirarse del otro lado es simplemente dar vuelta el espejo"

PS: Barton, gracias por tu buhardilla. No la rentes por favor, siempre es bueno saber que conservamos un lugar.