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VOLVERSE HUMANO

Quiero revolcarme con vos.

Quiero revolcarme con vos.

Estoy indignada, ardo de furia ovárica.
Acabo de descubrir que mi marido es un cavernícola disfrazado de hippie viejo. No, no hablo de mi ex. Luego de mi ex ya no quedan espacios para legalidades -hipócritas- en mi vida. Hablo del Gringo, que después de dos años se merece algún título.
Marido.

Hippie viejo no es un título: es lo que acabo de gritarle por teléfono.

Ja! Tuvimos nuestra primera discusión por N. -la hija que compartimos-.
La cosa es que desde que volví a Buenos Aires la niña se ha quedado sola.
Tiene 18 años. Es bella, mística, pura. Y artista. Quiero decir, tiene arte. Un arte endiablado.

¿Qué hizo la muy tonta?

Llamó a su padre -que ya saben, está viviendo a 150 kms.- para contarle, llorando, que se había “quedado dormida” con un amigo.
Creo que también había una amiga en danza.
Ahhh esas amigas.

N. y S. tuvieron una historia de amor, allá lejos y hace poco. Y quedan resquicios, aunque ella me lo niegue porque ahora tiene nuevo novio, F. -que vive en Buenos Aires-.
Ahhh esas distancias.

-¿Pero pasó algo? Pregunta estúpida mía.

-Ella dice que no.

-¿Y entonces?

-Pero yo no le inculqué esas cosas!!! si hay algo que me pone loco es la infidelidad!!!

-¿Cuál? Pregunta no tan estúpida mía.

Me salió espuma por la boca cuando escuché: “si no se lo cuenta ella (a F.), se lo cuento yo”.

-Antes de abrir la boca te ahorco.

-Y vos también tenés que ver, con esos discursos tuyos!!!

-Bah, ¿qué culpa tengo yo de lo que haga tu hija?

-No mi amor, no nos peleemos, perdoname.

-No chiquito, ahora me vas a escuchar, ¿y qué tal cuando felicitás a mi hijo porque se cogió a N. F.? (tilinga y popular modelo), o cuando lo alentás con las mellicitas de G. (tilingas por partida doble que muestran el culo por la tele…) Claro, en ustedes es un chiste, ya no es cuantas veces “la pongo”, sino en qué concha la pongo… y vos torturás a tu hija porque durmió con S. ¿con qué derecho?

-No sé no sé… esta noche se iba a dormir a casa de su madre.

-¿Para qué? ¿para no querer asumir su deseo?

-¿Qué deseo?

-El deseo de que un hombre la abrace, la bese, la acaricie. Claro, no era F. -y eso es lo que te jode-. Pero sabelo, una mujer extraña. ¿O vos pensás que F. está en Buenos Aires haciendo votos de castidad?

-Ah, no sé.

-¿Que? ¿me estás cargando? ¿qué tal si lo siento a F. delante de tu hija y le digo: dale, desembuchá. Contá con cuantas. Espero que a tu hija no se le ocurra la estúpida idea de hablar… lo que pasó es un hecho íntimo, de ella para con ella. No tiene que confesarse con nadie. Y lo que me parece más terrible, es que haya convertido una situación consentida y seguramente añorada, en un pecado digno de María Magdalena. No me gusta que la críes con culpas. Me hacés acordar a mi viejo. ¿No ves que te llamó para ser castigada? Si te conoce, pobrecita…

-Bueno, ¿qué vas a cenar?

-No cambies de tema!!! Yo, rugiendo.

-Jajaja…

-No te rías!!! No voy a consentir el doble discurso de la igualdad de derechos, cuando no existe!!!

-No podés decirme que está bien que tres personas duerman juntas.

-Yo dormí con seis (ahhhhhhh que placer dionisíaco decirlo !!!).

Silencio.

-Buah, no sé.

-No sé, no! No voy a permitir que dudes de mis palabras. Yo-dormí-con-seis-en-la-misma-cama-y-varias-veces. Era una cama grande.

-¿Y me vas a decir que no pasó nada???

-Nada.

Silencio.

-Bueno, ¿qué vas a cenar?

-Huevos revueltos.

@ chicos en el pasto - babasónicos

Silencios propios.

Nunca mencioné la existencia de una iglesia en mi trayecto.

En otros trayectos, de aquellos que emprendo por pueblos de calles polvorientas, se las llama ”oratorios”. Y tienen puertas abiertas, aunque el cura no esté.
Son construcciones sencillas, pintadas a la cal; con interiores frescos y un silencio propio.
Un silencio interrumpido -quizá- por el ladrido de un perro.

A veces mis silencios ladran, aúllan, rugen. Y sólo otro silencio puede escucharlos.
Ya comprendí que no es cosa de humanos.
Es cosa de otro silencio.

Anoche lo busqué.

Pero había una puerta entre mi silencio animal y el otro silencio.
Una puerta cerrada.
Ya comprendí que es cosa de humanos.
No es cosa del otro silencio.
Y me quedé afuera. Del otro lado del otro silencio.

@ el canto de las ranas.

La vida no fabula porque no moraleja.

La vida no  fabula porque no moraleja.

A esta vida que llaman zorra:

No es la vida, no.

La vida es la primera bocanada de aire. El primer llanto. El primer miedo. El contacto inédito con la piel de otro pulgar. La sensación, recién descubierta, del frío sobre la humedad del cuerpo.
Un pecho que recibe o que rechaza.

La mirada ciega y fija -como si supiera a donde están los ojos- de los ojos que buscan parecidos.

El desamparo iniciático.

El corte.

Y a vivir…

La jungla es lugar y es metáfora.
Los zorros se escapan de los cuentos. Los hombres de la bolsa no son -únicamente- quienes trabajan entre acciones y cotizaciones.
Los cucos vendrán auque se tome la sopa, los chanchitos no siempre son víctimas -a veces ya no hay perlas que arrojarles, y siguen siendo cerdos, y hambrientos-.
Las caperucitas se ofrendan, incluso cuando se visten de caperucitas, para ser devoradas por esa boca tan grande, esas manos tan grandes, ese pene tan grande.

En raras ocasiones habrá un cazador -que no será casado- dispuesto a matar al lobo de sus fantasías; sin advertir que ella no quiere un boy scout. Ella quiere lobos.

Está en su naturaleza, como la confesión -tardía- del alacrán a la rana. Como aquel que a las serpientes encanta. Como el ciego de retinas limpias, como el manco de diez dedos, como el paralítico que corre tras lo único que cuenta -doy mis piernas por un ombligo-, como el sordo que lo escucha todo salvo ciertas palabras: “ayudame, no me dejes sola, te necesito, me siento angustiada, estoy triste”.

El mundo, la jungla, está superpoblado.
Los ilusionistas levantan sus carpas aún debajo de una caja de fósforos… suena la música de circo, una luz cenital realza brillos -siempre fálicos- y el espectáculo comienza.

Los ilusos aguardan con su esperanza verde esperanza / a medio camino entre el corazón y la garganta / algunas esperanzas se escapan / impacientes / y aumentan la intensidad de la luz / -que no es luz si no bombillas encendidas- /

Los ilusionistas siempre saben como dejar aquello colgando del misterio. (Y a los ilusos colgados del misterio). Los ilusionistas son los verdugos de la verdad, los carteristas de la fe, los mercenarios de la confianza.

Los ilusos, al igual que los chanchitos, no siempre son víctimas: necesitan creer en todo menos en su propia condición de ilusos.
Los ilusionistas no siempre son victimarios: buscan amor, buscan lo que no tienen: aquello que su truco no puede darles,
salvo furtivamente, y mientras dure la función.

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@ in this world - moby

Con doble eme.

Con doble eme.

Se llama Emma. Con doble eme.
También se llama Duende.

-Duende, ¿me das un besito? Y apoya su cachete sobre mis labios...

Duende, o Emma con doble eme, tiene tres años y es la nieta más pequeña del Gringo.
Es pequeña de verdad. Es… diminuta como todo duende.
Como un hada diminuta.

Emma nació con una discapacidad motriz. La mitad derecha de su cuerpecito no hace caso.

-Mala, mala, mala!

Sentada sobre el piso, entre lápices y gomas que huelen a frutilla, castigaba su manito.

-No Emma, tu manito no es mala.

-Mala, no sive.

-Sí sirve.

No sabía que decir. No quería mentirle. Tampoco estaba segura de mentir si contaba lo que yo sentía.
Porque yo sentía otra cosa.

-Tu manito sirve para enseñarle cosas a tu otra manito.

Me miró entre desconfiada y esperando el milagro. No pretendía ganarme su confianza. Y milagros, no habría.

-Mirá lo que hace tu manito -acomodé la que hace caso sobre la otra- ¿ves?... le está enseñando a acariciar…

Emma me miraba y miraba sus manos. Parecía haber descubierto algo.

-Y es taaan inteligente, que le enseña algo muuuy complicado.

-¿Qué?

-Le enseña a ser paciente, a no enojarse, a quererse, a querer.

Y le canté aquella vieja canción: “que linda manito que tengo yo, que linda manito que Dios me dio”.

Y Emma reía.
Como ríe cuando viene corriendo hacia mí, con su piernita que tampoco hace caso, y entonces yo la veo volar arrancando panaderos de entre la hierba.

El domingo pasado almorzamos en familia. Yo estaba triste. Pero Emma me iluminó cuando bendijo la comida.

-Ennomedepade, hico, espirísitu santo, amé.

Guillermina, su hermana mayor, disparó contra mis lágrimas en exterminio y preguntó así, sin más… “mon, ¿de qué religión sos?"
Respiré hondo.

-De la religión del amor.

Silencio. Absoluto. Absolutísimo.
No sé cuanto duró. Lo suficiente como para verme con una vincha en la cabeza, una flor pintada en la mejilla, y una pancarta que decía: “haz el amor y no la guerra”.
Me sentí una hippie vieja.

Guille comenzó a dar vueltas sobre sí misma, -¿será una danza?-, con sus ojos enormes y negros me contó que buscaba un algo.
Quién puede asegurar que cosas busca un niño; que cosas ve, que notas escucha…

-Bueno… ACÁ, HAY AMOR. - Fue su respuesta-

Y todos nos sentamos a comer.

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@ presente - sui generis "

Solos.

Solos.

Esta madrugada la mano revolvía mis entrañas.
¿Cómo dejar escapar lo íntimo, que por íntimo escondemos porque su desnudez asusta?
¿Cómo hacer nuestra propia disección, estando vivos?
Me dolerán los cortes. ¿Podré contener la sangre?
Y la sutura, ¿quién la hará -sin desmayo- si desmayo?

Alone together.

Estúpidamente solos, conformando los ingredientes de una ensalada que se comerá la vida: esa gula que no es hambre.
Saciamos estómagos / como bocas / como sexos. Miramos sin entender y la cosa no habla.
Pedimos el folleto de instrucciones.
-No, lo sentimos. La vida no trae.

-Así está bien, gracias ¿Quién habló de caviar?
-Pero yo quiero caviar.
-Ah, no. Aquí sólo servimos ensaladas. Son tan sanas…
-Pero yo quiero caviar.

Pagaré lo que me pidan por el caviar. Y en lugar de untar tu sexo, untaré una galleta. Que no se excita al paso demorado de mi lengua. Pero al menos no se resiste. Se deja devorar, porque está hecha para eso: para ser una galleta andrógina, sin fluidos delatadores, sin palabras procaces, sin oscuras fantasías sobre Tokio.

Todo amengua, como la Luna.
Pero yo no tengo cuartos. Siempre soy llena, reflejo, ¿me ves?
No creas en los cielos.
Mostrame tu pecho, abrilo como gruta sagrada y prometo no encender mis velas.
Sólo necesito que me abraces.

No creas en los cielos.
Yo puedo llevarte a ese lugar del mapa del que brota un manantial sin peces.
No creas en los cielos.


@ Heart Door- Paula Cole

Saldos.

Siempre hay un saldo.
Después de la tormenta.

Palomas muertas como esculturas de acero sobre la hierba verde.
Un nido desierto que tendí al sol.
Qué insuficiencia la de mis manos. Con ellas lavo, acaricio, pinto y cocino. Pero no pueden reconstruir un nido.
Les falta el arte de un pico gestante.

Niño, mi niño.
Dormías y no lo notaste. Yo te acariciaba la nuca y mi amor era de madre. No sé si las manos eran mías; o eran manos que viajaban en el tiempo. Tarde.
A traerte lo que no te dieron. Y te escuché llorar.
Por eso mis manos.
Por eso mis pechos.

¿Puede un techo alzarse como una luna parida por la tierra?
Así lo vi.
De zinc, y caliente.
Solo falto yo. Y algún día.

Adán y Eva.

Adán y Eva.

*Para vos, de una Eva insomne.

-Estábamos en el paraíso. En el paraíso no ocurre nunca nada. No nos conocíamos. Eva, levántate.
-Tengo amor, sueño, hambre. ¿Amaneció?
-Es de día, pero aún hay estrellas. El sol viene de lejos hacia nosotros y empiezan a galopar los árboles. Escucha.
-Yo quiero morder tu quijada. Ven. Estoy desnuda, macerada, y huelo a ti.
Adán fue hacia ella y la tomó. Y parecía que los dos se habían metido en un río muy ancho, y que jugaban con el agua hasta el cuello, y reían, mientras pequeños peces equivocados les mordían las piernas.

-Ayer estuve observando a los animales y me puse a pensar en ti. Las hembras son más tersas, más suaves y más dañinas. Antes de entregarse maltratan al macho, o huyen, se defienden. ¿Por qué? Te he visto a ti también, como las palomas, enardeciéndote cuando yo estoy tranquilo. ¿Es que tu sangre y la mía se encienden a diferentes horas?
Ahora que estás dormida debías responderme. Tu respiración es tranquila y tienes el rostro desatado y los labios abiertos. Podrías decirlo todo sin aflicción, sin risas.
¿Es que somos distintos? ¿No te hicieron, pues, de mi costado, no me dueles?
Cuando estoy en ti, cuando me hago pequeño y me abrazas y me envuelves y te cierras como la flor con el insecto, sé algo, sabemos algo. La hembra es siempre más grande, de algún modo.
Nosotros nos salvamos de la muerte. ¿Por qué? Todas las noches nos salvamos. Quedamos juntos, en nuestros brazos, y yo empiezo a crecer como el día.
Algo he de andar buscando en ti, algo mío que tú eres y que no has de darme nunca.
¿Por qué nos separaron? Me haces falta para andar, para ver, como un tercer ojo, como otro pie que sólo yo sé que tuve.

Jaime Sabines.

@ blame it on my youth - jamie cullum

Drops.

Acabo de encender otra vela.
No me gusta la oscuridad que toma por asalto.
La tormenta es tremenda y esa lámpara ilumina con la intensidad de un fósforo.
Me queda la música –Miles Davis-, un billete de dos pesos sobre el que está escrita una oración a la Difunta Correa –no lo gastaré- y este insomnio que no deseo convertir en otra cosa.
Dos piedras me hacen compañía.
También mi perra.
No me atrevería a decir que nadie más.

Esta habitación está llena de presencias...

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¿Estuviste conmigo mientras dormía?
Podría jurar que eran tus manos.
Aunque no sé.
Tal vez,
tanto calor…
Y vos un espejismo.

Palomitas de maíz.

Palomitas de maíz.

Hace diez minutos que intento escribir pero la invasión de bichos –inclasificables para mi conocimiento- me lo impide.
Uno quedó agonizando mientras mueve sus patitas. Otro acaba de ser capturado bajo una tulipa en desuso. El resto viene ganando la desigual batalla, pero yo pienso resistir. No voy a permitir que se abusen de mí por ser una mujer sola.
¿Por qué diablos no aparecen cuando está él?
¿Para qué me llama por teléfono cuando sabe que NO entraré el auto aunque caigan piedras, porque sólo él puede maniobrarlo sin que después me falten los espejos?
¿Y qué me dicen de la basura?

- Habría que sacar la basura, ¿no?- le digo a Nevenka.

- Ayyy Cristiiina -. Me llama así.

Nos quedamos mirando las tres bolsas -3- de residuos. Cada una se acordó de algo urgente por hacer.
Y las putas bolsas siguen allí, decorando el termotanque; será que se acercan las fiestas…

Por supuesto, no cené.

- Me voy hasta lo de Juancito a comprar algo para la cena- dije.

- Pero nooo Cristiiina, después de la peli vienen los chicos con empanaaadas…

- ¿Y a qué hora es eso?

- A las doooce, doce y meeedia. ¡Daaale, así comés con nosoootros!

- Bueh.

Preparé café para las dos, ya empezaba la peli.
Me prometió que lloraría a más no poder -¡¡¡ y yo asentía emocionada !!!-.

Hace tanto tiempo que no lloro mirando películas… que me da cierta nostalgia esa cosa identificatoria que nos hace creer que somos “ella”. La tan amada, la tan deseada, la tan bonita, la tan tarada, la que se queda con el más guapo o el más romántico o el más audaz; la que escapa con el hombre de su vida, la que sobrevive a todos los calvarios, en fin… la que no existe.

Luces apagadas para evitar la –inevitable- invasión de insectos; cigarrillos encendidos, piernas desparramadas, una pastafrola sobre la mesa… y a llorar…
Sweet November, con Keanu Reeves y Charlize Theron.

Saben... me la pasé esperando “el momento”; mejor dicho “EL MOMENTO”, y mientras la mocosa lloraba sin consuelo –y conste que era la tercera vez que la veía- yo palpaba mis conductos lagrimales, ¿y si los tenía tapados?

Juro que hice mis esfuerzos.
Que lo intenté con alma y corazón.
Que quería llorar aunque más no fuera para darle el gusto, para llorar de a dos, para parecernos a esas madres e hijas de película –que no lo son pero lo aparentan- y entonces una cree vivir una situación así: dos mujeres solas, un hombre que es padre y pareja trabajando lejos porque la vida es puta; ellas se llevan bárbaro, se tiran las runas, meditan juntas, confiesan pecados, bailan el tango, se prestan la ropa, el shampoo, y los compactos de Spinetta, una cocina la otra lava y ninguna plancha, la chica quisiera que su madre fuera como ella, ella quisiera que su hija fuera como la chica…
Y nada es como es.
Y todo es como parece.
Y lo que parece, parece de película.

- ¿Palomitas de maíz?

- Dale, que está buena.

- Sí que está buena. Voy a buscar un pañuelo.
Contame como sigue.

- Si te vas, no sigue.

- ¿No?

- No. Hay que esperar hasta mañana.

- ¿Qué? ¿Es en capítulos?

- No. Es en la vida.

Ya vuelvo.

Me acosté de tu lado. Había que dormir la siesta o el dueño del sol vendría por mí.
Hasta hoy yo creía que los jilgueros también dormían, o que no estaban, o que no estaban en nuestros árboles. Nunca los había escuchado. Seguramente porque escuchaba otras cosas. Tu respiración, por ejemplo. El latido de tu corazón. Tus “te amo” bajitos. Tal vez, sí, las chicharras; como las ranas de noche. Pero suenan de un modo tan monocorde que me adormecen.
En cambio los pájaros…
Busqué tu olor en la funda de la almohada, te encontré, te abracé, di vueltas, tenía calor, un bicho molestaba, hundí mi nariz hasta volver a encontrarte, abría y cerraba los ojos, miraba el frasco de tu perfume, tu rosario, tu San Antonio, las piedras que te regalé – llenas de tierra- y trataba de imaginarte haciendo lo mismo: mirando el rosario del espejo de mi auto; el ágata que llevo en la guantera, la amatista que cuelga del llavero, intentando dormir -vos también- , una triste siesta sin tres tristes tigres, con la butaca reclinada y bajo la sombra de un árbol en una calle polvorienta.
Ni vos ni yo pudimos. Pero pudimos con el resto. (O eso creo).
Yo, caminando al atardecer, queriendo perderme para siempre, sopesando ideas francamente estúpidas –sufrió una crisis profunda, no está en condiciones de regresar hasta pasado el verano; se quedará aquí, no la molesten, no sabe quién es, necesita tiempo-.
Después pasé a recoger los gemelos de tu padre, pero Valentín no estaba; había dejado un cartelito: “ya vuelvo”. Me senté en el umbral, recosté mi cabeza sobre la puerta despintada y encendí un cigarrillo.
Pasó una señora que no conocía y me dio las buenas noches; hundí aún más mi cabeza. Sentí más la tristeza.
Sentí la rabia profunda. El odio por el odio. Tantas preguntas sin respuesta. Tantas respuestas para nadie. Y todos los por qué. ¿Por qué así?
Me cansé de esperar a Valentín. Yo quería traerte esos gemelos. Yo no alcancé a medir – el día que los recuperaste- la importancia que tenían para vos.
A veces detesto mis ausencias, a veces me desintegro en mis propios dolores y olvido los tuyos.
Me pregunto en qué lugar los escondés. Porque cuando te miro, todo lo que veo es agua calma, un aire adolescente y sencillo, sonrisa sin tiempos.
Y tanta luz…
Aún hoy, sabiendo lo duro que será todo.

Mientras escribo esto, son las dos de la madrugada. A las cuatro tenés que irte. A las cinco pasa el micro que te traerá de regreso a las doce de la noche. Sólo para dormir conmigo.

-Ya vuelvo, mi amor.

Trescientos kilómetros sólo para dormir conmigo.

Ay,
Dios
Dios
Dios

si pudiera regresarte algo más que esos gemelos…

Dedos sordos.

No se me ocurre como empezar este post. Hace rato que le doy vueltas, y me parece estúpido pensar tanto tiempo en algo. ¿Para qué? Si sólo busco contar.
Ay, quiero quemar este tabú, esta superchería de a donde van los deseos cuando se rompe el silencio.
Hay un cuco que amenaza: “si lo dices, me los llevo a la gruta de los deseos irrealizables”.
Es el primo del cuco de la felicidad: “no es verdad, no es verdad; la felicidad no existe”.
Ambos tienen una tía, la bruja de la profecía: “yo te lo advertí”.
Ellos zumban sobre mis hombros, se acuestan a dormir –mentira, no duermen- al abrigo de la oscuridad de mis tímpanos; pero no tienen poder alguno sobre mis dedos.
Al menos una parte de mi cuerpo no les cree. Tal vez los dedos sean sordos. ¿Alguien sabe?
Ahora que escribo estas líneas recuerdo –y no se por qué- los versos de Cavafy:
“Lestrigones, cíclopes, incontrolable Poseidón,
no los encontrarás en tu camino
a no ser que tú mismo los traigas dentro de ti.”

Si acaso sea cierto, si acaso han estado viajando conmigo –y me temo que sí- acabo de aplastar a una hormiga con un pesado cenicero. Mi escritorio no es hábitat para una hormiga. Mi espíritu no puede ser hábitat de cíclopes o lestrigones. Fue un asesinato simbólico.
Voy a pronunciar la frase de mi arribo a Itaca:
“Un llamado a tiempo lo cambia –casi- todo”.
Sí.
Faltando diez minutos para irme de Buenos Aires, con el remis esperando en la puerta, y yo aún con una toalla sobre el cuerpo; sonó el teléfono. La lógica dictaba que dejara el asunto en manos del contestador – cuando estoy atrasada me pongo terrible-, pero atendí.
Una voz masculina me daba una noticia largamente esperada. Lo hubiera invitado con champagne, pero no era momento –nos lo prometimos para más adelante-.
Salí de casa con el pelo mojado, arrastrando bolsos y abrochando mi camisa en el ascensor – rompiendo viejos records- vivo en un segundo piso.
Cuando las luces se apagaron, y los viajeros comenzaron a reclinar sus butacas para dormir; yo pensaba.
En realidad no estaba pensando.
Estaba recibiendo soluciones
.
De pronto comprendí que todas –o casi todas- estaban allí, desplazando problemas, soledades, imposibilidades, distancias, frutraciones, pérdidas.
Sé que puede sonar a euforia, pero la euforia y la paz están divorciadas por incompatibilidad de caracteres.
Es paz, definitivamente paz.
Y así ando, deteniéndome en postas fenicias, sin apresurar mi viaje, es mejor si dura muchos años, enriquecida por lo que aprendí en el camino, y si muy pobre la encuentro, mi Itaca no me habrá engañado.

*Itaka, de Constantine Cavafys; sin su licencia pero con un guiño cómplice.

@ something- george harrison

Besitos y aclaración.

Niños, niñas... en un rato salgo para Merlo.
Se cuidan y estén lindos. Voy a escribir ni bien pueda.
Besos a todos.
PS: Bueeenoooo que ya quité al bebé duende ;((
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Saben que, anque me sostenga los párpados con cinta adhesiva, recorro sus blogs y si no han posteado nada nuevo, yo dejo besos y me voy.
También saben que contesto puntualmente cada comment.
Pero blogia está más puta que la vida -como diría bart-, y estos días el servidor se cae en la sección comentarios y no me permite dejarlos cuando yo quiero, sino cuando al ente le da la gana.

besos a todos.

Te podría contar...

Ha llovido tanto en estas horas,
aquí,
con vos y conmigo
un agua que no deja de caer,
un tiempo detenido en paz continua.

II

Este cielo que se desploma
sobre la vida.
Y nosotros cosechando duraznos
que toco, aprieto, huelo
y bendito sea
lo que llena mi boca de tu almíbar.

III

A mí me parece,
que la lluvia hace crecer las manos.
O no podríamos sostener la fruta,
sostener los cuerpos,
una boca adentro de otra boca.
Y alguna flor,
también.

IV

Y después de tanto después
el agua insiste en la gotera que,
-ploc-ploc-ploc-
se ezcurre entre el tejado
cayendo insolente por mi pelo
bajando, celosa, hasta tu pecho.
Y me siento una amazona
hecha de lluvia.

@ fisherman- waterboys

Perdón, perdón, perdón.

Miren, mañana viajo a Merlo, y prometo subir hasta el Ceferino (un santo) de rodillas. También me iré azotando con ramas de espinillo, no llevaré agua, iré al mediodía y sin protección solar, me dejaré picar amorosamente por los ofidios del lugar... y todo para que no me puteen por tantas idas y vueltas.
Es que hay cosas que se me resisten. Y la nueva plantilla marrrdita no quería conmigo. No quería.
Fue una convivencia tumultuosa. Pero breve.

Un ala.

Un ala.

“We are, each of us, angels with only one wing. And we can only
fly embracing each other”.
Luciano De Crescenzo.

Mientras miraba mis estudios sobre la mampara iluminada, a cierta distancia, como quien mira un Klimt a la venta, o un dibujo de Rodin, tuve el desparpajo de decirme: “la verdad… es que mis mamas se ven preciosas”.
Luego me fui al bar del sanatorio, tan lindo que no parece. Pedí café con una medialuna que se veía como falange descarnada, y abrí mi libro, y abrí mi agenda.
Soy de las que ocupan toda la mesa.
Vacío la mochila, saco hasta el celular que nunca suena porque es larga distancia y nadie quiere llamarme. Malditos amarretes. Pero me gusta mirarlo. Es tan chiquito.
Me dio por molestar gente. Entonces tuve que buscar las gafas, ponérmelas, y aún así marcar a ciegas.
Los números son diminutos, tengo las uñas largas y cada intento se multiplica. Siempre me equivoco. Vuelvo a empezar.
Parezco ocupada pero en realidad estoy aburrida y angustiada.
Llamo a cualquiera.
Me da lo mismo.
Y si los demás están angustiados, también están ocupados de verdad -no sé si de verdades- no hay tiempo para conversar, otro día hablamos, saludos, besos, chau. Andá a la mierda.
Vuelvo al libro, entonces tuve que buscar el marcador amarillo neón y la lapicera que parece de aluminio, si no tengo con qué subrayar lo que muerde mi lengua, lo que araña mis ojos, no puedo siquiera pensar en abrirlo.
Soy así.
Y leí (…) “su único tema fue el cuerpo humano, y para él, lo sublime de ese cuerpo se revelaba en el órgano sexual masculino. En el David de Donatello, el sexo del joven ocupa discretamente su lugar -como el pulgar de una mano o el dedo del pie-. En el David de Miguel Ángel, el sexo es el centro del cuerpo, y el resto de las partes se someten a éste con una especie de deferencia, como ante un milagro.
Así de simple y así de hermoso”.

Hermoso. Y ya no pude seguir leyendo. Me acordé de su sexo. De mi dios.
Dios, cuanto extraño a mi dios…

Que lejos estás. Me mentiste. Te fuiste, aún más lejos. Me da miedo.
No quiero pensar en el miedo. Y yo aquí, y vos no sé.
Mejor abro la agenda, acomodo el repuesto del 2005 encima del 2004, del 2003, del 2002, del 2001, del 2000. No puedo tirar nada.
A veces la abro al azar y allí sí, allí estás. Citas, frases, cosas que escribía mientras te esperaba en el café de siempre. La tarjeta que mandaste con las rosas. La marca de un desodorante que anotaste y guardé como no guardaría la combinación de una caja de caudales.
Caudales…
El envase sigue donde lo dejaste.
Jamás quité su tapa.
Es una de mis pocas cobardías…
Mejor vuelvo a la agenda, tengo cosas mecánicas, frías, idiotas que anotar.
Encuentro secciones también idiotas: factores de conversión, relación internacional de talles, pesos y medidas, objetos prestados.
Me detengo en objetos prestados. La página dice: objeto / prestado a / fecha.

Entonces tuve que buscarme, y preguntarme
a quién me presté… hace tanto…
que no me encuentro.

-A dios,
y con un ala-

@ el ruido de la cpu

De tardes.

De tardes.

Cada vez que me siento sólo cuerpo, sólo ojos o una mama; salgo a las calles a buscar mi alma - que ya sé, está en mí, no fue a ninguna parte ni se ha perdido- pero es que no suelo mirarme en espejos, ni en el reflejo de los escaparates que sugieren mi sombra/silueta porque ya aprendí que es mejor no detenerse ante los brillos, entonces voy de prisa, y voy tras ella. Cultivo una paciencia zen que no sé de donde me ha venido y conozco las argucias, los anzuelos, las carnadas de las que ella se alimenta, los pasos de quien sigue, que mirada, qué voz la atrapa por instantes, con qué se llenará la boca para contarme cosas al oído, que es como tocar a mi puerta -he llegado- vení, sentate conmigo en esta mesa, ayudame a tragar las palabras de este libro sin pensar en él, y sin tener que secar los cristales de mis gafas con ese gesto ausente. El sol se clava sobre mi costado derecho y afuera dos mujeres arrugadas pero distinguidas conversan en voz alta -esa puta costumbre que tiene todo el mundo- el café sabe horrible, ya no es como antes, me pregunto si habrá -aún- alguna cosa que sea como antes. De pronto descubro que durante el día me hago cientos de preguntas que permanecen en la superficie, como pedazos de telgopor flotando sobre el agua de un riacho que no desemboca en océanos azules ni en mares de corales agatizados como el que guardo en mi monedero. Soy una mujer cajita de sorpresas, mi bolso está lleno de cosas inverosímiles; con lo que allí tengo se puede escribir un cuento de hadas, el guión de una película porno, rezar una novena, encender una vela, desinfectarse las manos, llorar dos años, holer a jesús del pozo, tener sexo seguro en el baño de un bar -¿por qué nunca lo hice?-, depilarse las piernas, ajustar un tornillo, hacer un llamado a groenlandia, caminar por una calle oscura, recitar un mantra, y pintarme los labios de rojo pasión.

¿Alguien quiere un beso rojo pasión?
No digan que sí, no se dejen mentir. Todo se quita con un poco de agua y jabón.
-Creo que en mi bolso tengo-.

@ flowers in december - mazzy star

Boccanera, casi mi elegido.

Boccanera, casi mi elegido.

Bésale las piernas a la poesía
aunque diga que no, que aquí nos pueden ver.
Bésale las palabras, hurga su lengua hasta
que abra los brazos y diga ¡Santo Dios!
o hasta que santodios abra los brazos de escándalo.
Bésale la poesía a la loba
aunque diga que no, que hay mucha gente que aquí
nos pueden ver.
Bésale las piernas las palabras
hasta que no de más, hasta que pida más
hasta que cante.

*Amo este poema*.

@ wilde horses- mazzy star

¿Y qué tiene ella que no tenga yo?

¿Y qué tiene ella que no tenga yo?

Te conozco tanto el gesto...
Sé que estás tratando de quemar en tu memoria, a fuego y a sello, la última vez. Y aquel vestido de seda del que nada dejaste. Algún botón, tal vez, en su sitio.
Usaste los jirones como improvisadas esposas y malvada mordaza.
Los ojos ciegos, los pies atados. Cabeza suspendida tragando vértigo y saliva.

-Ahora vas a ver. Dijiste.

Y el tiempo era una estalactita a punto de arder, y tu sexo el olor a gasolina derramada
.

La puta madre, algo pasa con el video.
.....Justo ahora.....

Dedicado "a tí".

Dedicado "a tí".

a Bart, con todo cariño

golpeando las puertas del paraíso
aún dormida
sin conciencia del tiempo
porque ya sabes
-sólo marca los segundos-
un ángel que no es de piedra
me dijo que volviera más tarde,
-otro día-
le soplé mi cansancio sobre un rizo
que acomodé sobre su frente
de niño

y arrancó tus flores para mí
y sus ojos

*fotografía: bart (y es mía!)

@ knockin on heaven’s door- u2, dylan y bob marley