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VOLVERSE HUMANO

Días sobre días.

25/6

Tonta mujer, no voy a robarte nada.
No quise tu casa. No quise a tu marido cuando era tu marido.
No quiero a tu hija como a la mía.
Pero la quiero.
Lograste que me quedara sola entre piñatas y canciones de Spinetta.
Sí que me dolió.
Y como no pude enojarme con vos, me enojé con ella. Y con su padre.
Me enojé con mis hijos y con el padre de mis hijos.
Me enojé con todos aquellos que me fueron dejando sin fiesta.
Me enojé conmigo y con mis brazos abiertos.

¿Es por aquí?
–No, es por allá-

¿Pero no había que abrazar a esa persona?
–No, esa persona ya tiene abrazos-

¿Y ahora qué hago con los brazos abiertos?
–Ciérrelos, idiota-
-Ah.

26/6

-Ojalá llueva una semana seguida, así te hartás del barro y volvés a casa.
Dijo el lobo.

-Mi casa es ésta.
Dije con una sonrisa.

-Esto parece un boliche, no una casa. No se ve nada.

-A mí me gusta así… es más cálido. Poca luz… velas. Música suave…

Lo único que pareció animarlo fue la cantidad de espejos que tengo en mi cuarto.
Agradecí, en silencio, a mis espejos… pero después de las acrobacias sexuales inspiradas por ellos, y ya dispuestos a dormir… comenzaron las quejas por un cairel (la verdad, bastante grande) que colgaba por encima de su cabeza.

-¿No había otro lugar donde ponerlo? ¿Y si se corta la tanza mientras duermo?

-Pensé que te gustaría…

-Sí, está precioso, pero me da justo en el tercer ojo…

-Bueno… a lo mejor te iluminás…

-Vos me iluminás, tontita. Yo te extraño. Anoche me dormí abrazado a tu pepona como un pelotudo... (Eva, mi muñeca).

27/6

Es extraño, pero cuando miramos las cosas desde abajo, cuando las creemos inalcanzables, cuando nos medimos equivocadamente; las proporciones enloquecen y luego nada resulta lo que aparentaba.
Perderme en la montaña…
Una cruz que me hace guiños y yo decido llegar hasta ella. Sola. Nadie sabía; nadie debía saberlo, no quería recomendaciones. Te conviene. No te conviene. Andá. No vayas. Cuidado con el lobo.
Un camino plagado de señales. Que fácil. Flechas y más flechas.
Llegué.
La cruz era tan alta / o tan baja como yo.
Me sentí enceguecida. Me faltaban sentidos. El tiempo no tenía noción de mí.
Un éxtasis que dejar. Nadie quiere pero siempre hay una hora.
Lo fui soltando de a tramos, con cada paso que daba hacia abajo. Regresando.
“Igual que al enamorarte,
igual a ese instante -cuando una parte se queda para siempre- allí. Esa parte no vuelve.”
Y creés que el camino es el mismo. Y que si no hubo escollos, no los habrá.
¿Quién quiere perderse? ¿quién quiere no saber que suelo pisa? ¿quién quiere la angustia, el desamparo, el sendero equivocado?
Hablo de una montaña, y hablo de la vida.
Hablo de paisajes fascinantes, que por fascinantes arrasan tu intuición, arrasan con lo obvio (¿qué hacen estos espinillos aquí, si cuando seguí las señales no estaban?)… ¿no estaban? ¿realmente no estaban?
Regreso, sí. Después de rondar a ciegas, buscando un signo.
Regreso, sí. Lastimada por las espinas –las que no estaban, o las que no vi- cuando los arrebatos se comen tus instintos.

29/6

I

Hola.
Hola a mí.
Nadie del otro lado.
Nadie en kilómetros a la redonda.
Es medianoche y el viento sopla contra mi puerta.
Porque estoy sola.

Y a él no le importa.


II

Algún día
Seré la vieja de la fila treinta y siete.


III

Setembro…
Pero es junio y el viento sigue soplando.


1/7

Vengo de una noche pequeñamente deliciosa. Un bocatto de solitario placer.
Sentada en la veranda de la cabaña; Venus allí, nada de frío. Un pisco natural, un viejo álbum de Led Zepellin sonando a mis espaldas.
Las luces de Tilisarao muy lejos.

4/7

Mis manos cambiaron mucho. Se volvieron ásperas de tanta tierra, tanto sol, tanto frío. Ahora las amo más.
Ahora, mis manos y sus manos; se reconocen.

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

Entre

Les cuento…
Sí, ando pensando en la posibilidad de cerrar el blog. Es sólo una idea –recurrente- pero una idea. Nada más que una idea.
¿Que me pasa? Y… varias cosas. Pero no tienen que ver con conductas impulsivas, con crisis de que-se-yo-que; ni con exceso de felicidad.
Una: en este momento, no puedo asomarme a sus mundos. No lo digo con culpa. Ni me siento egoísta por no retribuir visitas. Sencillamente no puedo, y respeto mi no-poder sin hacerme cuestionamientos.
Dos: siento cierta ambivalencia cuando entro a VH y veo que pasaron por aquí. Alivio, porque todavía están. Temor, a que un día no estén más. Todo es posible, y no voy a tratar de manipular voluntades ajenas, mucho menos el interés o el afecto. De hecho, algun@s ya no vienen. Y lo considero natural.
Dije: “Temor, a que un día no estén más” ¿y si nadie viniera, qué cosa se estaría poniendo en evidencia?
… un cambio. Un cambio importante, claro. ¿Sería un cambio incomprensible? En absoluto. Siempre hay algo que acompaña nuestros cambios internos. Que el blog lo cierre yo, o se vaya cerrando solo; que haya “un último que apague la luz”… son formas diferentes de revelar que –ahora- es invierno para mí, verano para ustedes… y que una cosa es tan cierta como la otra, y a nadie se le ocurriría discutirlo.
Tres: como diría Osho, “me está costando pensar en prosa”. Piensa en poesía, agregaría él. Si lo tuviera frente a mí, me saldría un: “mire Don, yo, a la poesía la vivo… la estoy viviendo”.
Sin embargo escribo mucho, pero escribo en soledad; en mi cabaña. A veces pienso: “cómo me gustaría que leyeran esto…” pero algo me lleva a no hacer nada al respecto. Y siento que así está bien.
Cuatro: si vivir en estado meditativo es “llenarse del silencio de uno”; entonces estoy viviendo en ese estado. La definición es mía, porque usualmente se habla de vacío… y yo no entiendo esa clase de vacío.
Me gusta mi silencio porque desarrolla mi intuición, estoy alerta sin notarlo, voy encontrando la forma de…
No alterarme cuando mis padres me visitan, y pletóricos de las mejores intenciones traen –no solo dulces- si no una larga lista de “deberías y tendrías”. Créanme, la lista es larga de verdad. A medida que hablan y hablan yo me disuelvo en mi silencio y pienso: “ya se irán”… “ya se irán con todos sus deberías y tendrías… porque a mí no me van a dejar ninguno”. Mi madre me aconseja “para que después no me queje”… y mientras tanto, no se da cuenta de que no soy yo quien se queja. Alguien que viene con cien deberías y doscientos tendrías, se está quejando.
No alterarme cuando miro mis manos cortajeadas, un dedo infectado, las raíces de mi pelo crecidas, el mechón de canas que no me conocía. Cuando debo levantarme de madrugada para alimentar la estufa a leños, pienso en el hombre que hachó ese tronco. ¿Quién la pasa peor? ¿Quién elige lo que hace?
Yo estoy como quiero estar.
Anoche, en plena tormenta, me quedé sin leña fina. No tengo guantes, no tengo botas. Pero tengo dos manos –todavía-. Crucé hasta el monte y corté, como pude, aquello que necesitaba. Hoy sigo viva. ¿Por qué las mujeres hemos crecido en la creencia de que sin un hombre al lado estamos perdidas?
También me quedé sin gas. Sí, todo junto. Era la una de la madrugada y aún no había comido. Necesitaba tomar algo caliente. Llené la pava con agua y la puse sobre la estufa a leños. Media hora después estaba tomando mi café. ¿Qué estoy contando? Que me costó veinte minutos darme cuenta de que el fuego es el fuego, provenga de un leño o provenga de una hornalla. Cuando una mujer, yo, vos, cualquiera… se acostumbra a que la palabra “alternativa” hace referencia a cambiarse de barrio, elegir otro color de tintura para el pelo, o ponerse el sweater rosa en lugar del negro… tiene que “ponerse a pensar”. Pensar… como si pensar fuera un trabajo, algo que tomarse muy en serio. Y lo digo en serio.
Cuando llueve con viento de la sierra, la mitad de mi cabaña se inunda. ¿Qué voy a hacer? ¿Ponerme a llorar? Ya lo hice. Es lo más fácil del mundo. Y no. Yo sabía donde me metía. ¿Quería naturaleza salvaje? Ahí la tengo!!! ¿Qué espero que suceda? ¿Que los vientos de tras la sierra dejen de soplar por mí? ¿Buscar refugio en otra casa, en otra cama, llamar a alguien que calce una bragueta? NO.

Delegamos lo que no nos gusta hacer bajo la excusa de que “son cosas de hombres”, “yo de esto no entiendo”, “no pienso arruinar mis uñas, pisar barro, que me pique un bicho”, etcsss.
Cuanto más mujer me siento –ahora-.
Cuanto más fuerte.
Cuanta confianza estoy recuperando. Hablo de confianza en la vida. En esta vida que me tocó. Y que elijo –ahora- vivir de esta manera.
Puse horario de visitas. Por ejemplo.
Son más breves que en una terapia intensiva. Pero es el tiempo que estoy dispuesta a dar. El resto es mío y solo mío.
Viejos conceptos –muy conocidos por la mayoría de ustedes- como “transmutar”, ya fueron tachados de mi breve lista de los “debería” personales. ¿Transmutar qué? Yo soy yo. Y con eso ya es bastante. No voy a comportarme como una incoherente. No pienso tratar de ser mejor. ¿Mejor qué? ¿Mejor a los ojos de quién? Vamos… si la única mirada que en verdad me importa es la mía…

Estoy pensando como cerrar este post. Obviamente, estoy en casa del Gringo, o no estarían leyéndome…
Pero hace media hora que está esperándome en la cama.
Y entre darle un cierre “interesante, inteligente, enigmático o bonito” a este post, y hacer el amor…
me voy a la cama.

Besitos.

Soy feliz. Ahora. Soy feliz. Ahora. Soy f...

Estoy viviendo días felices.
No, me corrijo sobre la marcha... prefiero hacerlo así, aunque podría borrar la primera oración y sanseacabó.
Soy feliz.
Siento felicidad.
Los días no tienen nada que ver.
Y lo quiero contar -contar que soy feliz- aunque mañana pueda sentir otra cosa.
Y si llegara a ocurrir... al menos ya sé que soy capaz de ser feliz.

Diálogo entre el Gringo y yo, esta tarde:

-Yo no quería.

-Debés ser la única mina que reniega por ser feliz.

-Qué me importa. Yo no quería ¿No entendés? Yo no quería llegar a ésto... andar con el celular en la mano hasta para ir al baño, esperando un llamado tuyo...

-Tontita, eso es hermoso.

-Es horrible. (Yo, llorando.)

-Te amo, te amo, te amo... y te amo tanto que nada ni nadie nos va a separar... te amo tanto que podés estar con otra persona si es eso lo que querés... te amo como sos, te amo libre.


Me dormí con los labios gastados de tanto besarlo.

Me dormí besándolo.

Extenuada de besos... me dormí... ni sé cuando.

Por mail.

Abro mi correo desde la casa del Gringo.
De vez en cuando nos escribimos, aunque estemos juntos.
Y cuando quiere decirme algo, y no encuentra palabras; las busca en otros.
Su gesto y este fragmento de Galeano, son igual de bellos.

Hace unos cuatro mil quinientos millones de años, año más, año menos, una estrella enana escupió un planeta, que actualmente responde al nombre de Tierra.
Hace unos cuatro mil doscientos millones de años, la primera célula bebió el caldo del mar, y le gustó, y se duplicó para tener a quién convidar el trago.
Hace unos cuatro millones y pico de años, la mujer y el hombre, casi monos todavía, se alzaron sobre sus patas y se abrazaron, y por primera vez tuvieron la alegría y el pánico de verse, cara a cara, mientras estaban en eso.
Hace unos cuatrocientos cincuenta mil años, la mujer y el hombre frotaron dos piedras y encendieron el primer fuego, que los ayudó a pelear contra el miedo y el frío.
Hace unos trescientos mil años, la mujer y el hombre se dijeron las primeras palabras, y creyeron que podían entenderse.
Y en eso estamos, todavía: queriendo ser dos, muertos de miedo, muertos de frío, buscando palabras.


Eduardo Galeano.
Bocas del tiempo, Editorial Catálogos, 2004

No me gustan los mitos.

No me gustan los mitos.

Es difícil opinar sobre aullidos masculinos y abandonos femeninos sin caer en lugares comunes, estereotipos, mandatos sociales y generalizaciones.
A mí me gusta la excepción, la norma quebrada, el gato que queda fuera de la bolsa, el camino sin señal, el final abierto, el margen del margen de lo que sea, el sí porque no, y el no porque sí.
Es mi naturaleza, no es una postura. Por eso me aburren las cosas que entusiasman a la mayoría de la gente –mayoría que también me aburre- y me vuelve selectiva –no tanto en calidad si no en afinidad-.
O sea… mi trayecto es un tanto solitario, y plagado de cuestiones que dan vuelta el concepto de lo “puramente femenino” o “puramente masculino”.

Por ejemplo:

-La monogamia me parece una aberración.
No oculto mi tendencia “poli amorosa” (como diría Gregori… tan eufemísticamente.)

-No busco hombres que hagan (con tanto gusto) de padre.
No busco hombres. (Y en ocasiones me busco a mí misma: el autoerotismo es una práctica enriquecedora.)
No busco hombres sólo pasivos/ sólo activos/ carentes de imaginación/ rutinarios/ posesivos/ hartantes/ ocupados/ desocupados/ omnipotentes/ acomplejados/ susceptibles/ gastados/ acabados con ganas de empezar… etc.

-No prometo nada y detesto las promesas (no les creo, no les creo… nada peor que prometerme algo para ganarse automáticamente mi desconfianza.)

-No permitiría que me mantengan económicamente.
No tengo problema en aportar dinero. No presto. Ni espero devolución.
Lo tuyo es tuyo. Lo mío es mío. Tratemos de no tener “lo nuestro”.
Mi estado bancario es un secreto de estado.
El contenido de mi computadora también.
Mi celular tiene código de seguridad, al igual que mis documentos.

-No lavo ropa ajena.

-Ya no cocino para nadie.

-El sexo me resulta tan imprescindible como sentarme a comer. A veces con tres tenedores, a veces un fast food.
Necesito tener sexo diariamente. O me pongo fatal. Bueno… un par de días está bien. Tres ya es peligro inminente de “me voy a la mierda o me busco un amante”. Cuatro: “yo te lo advertí”.
Pagaría por tener sexo si me diera la gana. Claro que… sería tremendamente exigente.
Amor y sexo no tienen nada que ver. Y a veces ni siquiera tienen nada que hacer.
Sexo sin deseo, jamás.
Necesito sentirme deseada o me pongo triste. Sí, triste.
El sexo es sexo. Quiero decir… es todo. Y “todo” no significa que alguien deba ser penetrado.
Una caricia es una manera diferente de coger. Pero es coger.
Una mirada también.

-Como mujer, y solo como mujer; nada es más glorioso que hacer el amor con el hombre de tu vida. Ya saben que para mí, “el hombre de tu vida” es uno solo. No hay dos, ni tres.
Todo lo anterior, o posterior, son intentos de aproximación a la gloria. Intentos muchas veces estupendos. Pero intentos. Y una lo sabe.
¿Si el hombre lo sabe? No tiene porqué saberlo. Sería estúpido.

-“La mujer de tu vida”: si no lo fui, si no lo soy; prefiero que no me lo digan. ¿Que haría si me lo dijeran? No podría volver a estar con esa persona. No, no soy nada humilde. Y sí, puedo ser bastante tonta.
Pueden tocarme mal, no saber cómo tocarme para arrancarme aullidos… pero no me toquen el orgullo, porque entonces toco el picaporte. Te vas o me voy.

-No puedo competir con ninguna mujer. Preferiría competir con otro hombre. Tachen la palabra “competir” si no les gusta. Ahora no se me ocurre ningún sinónimo.
No, no me jode la bisexualidad.
Es más, me gusta el hombre que se permite fantasear con otro hombre.
Obviamente, no podría estar con un hombre que no se dejara explorar por completo.

-No creo que haya zonas masculinas o zonas femeninas. Hay zonas y punto.

Bueno… supongo que el tema sigue. Digamos que es como el capítulo número uno.
O mejor, una introducción.
Pero sí hay hombres que saben aullar.
Como hay hombres más manipuladores que una mujer (no pertenezco a esa clase, gracias si manipulo un control remoto; pero las mujeres tenemos un arte especial para la manipulación- chantaje emocional- o como quieran llamarlo…)


¿Seguimos?

Inocencia.

Inocencia.

Por enkidu.

A veces Dios me quita la poesía, entonces miro piedra y veo sólo piedra.

Adélia Prado


Dice Clarissa que una persona ingenua es alguien que cree que nunca nada le va a herir. Dice Clarissa que una persona inocente es alguien que sabe que la vida le va a herir, pero que sabe también que podrá curarse.
Últimamente ando intentando practicar la inocencia todo lo que soy capaz... intento dejar el control, el poder y las rayaduras de coco... intento deshacerme de explicaciones, justificaciones y razonamientos... intento vivir con lo que hay.
Creo que el mayor problema del hombre moderno es el afán por controlarlo todo, incluído él mismo. Queremos controlar la mente, el corazón y el cuerpo... los neurotransmisores y el estado de ánimo... nuestros sueños y esperanzas... los sueños y esperanzas de los demás.
Hemos salido de la sartén de una educación religiosa culpabilizadora y controladora para caer en el fuego de una utopía de autorrealización y poder absolutos.

"Controle su mente"... "Controle la mente de los demás"... "El poder está dentro de tí"... "Las claves del éxito"... "Las claves del éxtasis"... "Las claves de la felicidad"... "Sea feliz ¡coño!".

Paparruchas todo.

Son tantas cosas, tantas cosas... ¿cómo poder con ellas? ¿cómo bancártelas? ¿cómo saber cual, donde, cuanto, de que manera?... ¿cómo saber?... ¿cómo saber?... ¿cómo saber?.

¿Y si fuera verdad que la culpa de que me sienta tan jodidamente mal la tiene una luna mal aspectada en mi firmamento?... ¿y si fuera mentira que soy yo la responsable porque no sé vivir más inteligentemente?... ¿y si fuera por la llegada del invierno austral y no por mis hijos, o mis padres o ese hombre/mujer que no me quiere... que no se dá cuenta lo linda que soy... que no sabe lo que se pierde... que no sabe... que no sabe... que no sabe?.

El hombre moderno ha sido capaz de complicar la vida hasta unos niveles paroxísticos. No ser feliz (siempre) es un pecado. No ser capaz de resolver todos nuestros problemas (siempre) es un pecado. No creer que tenemos un poder ilimitado para cambiar las cosas (siempre) es un pecado.

El pobre animalico que somos y que se ha bajado apenas hace unos minutos evolutivos del árbol y ha echado pie a tierra, corazón a tierra, espíritu a tierra... ese pobre animalico está asustado. Tan asustado ahora como lo estuvieron los hombres de las cavernas... pero ahora tenemos además la obligación de fingir que no temblamos y que controlamos mogollón... que sabemos de puta madre de qué va este baile... que tenemos planes claros y rotundos... que sabemos a dónde vamos... a dónde vamos... ¿a dónde vamos?.

Niña Mon... ahora mismo una lobezna le está aullando a una luna ardiendo en medio del invierno austral... y aúlla porque es la única forma que tiene de levantar la cara hacia el cielo y liberarse por un instante de su servidumbre de bestia hambrienta.

Tú... ¿no te habrás olvidado de aullar?.

Disenchanted.

Hoje contei pra as paredes
Coisas do meu coração
Passeei no tempo
Caminhei nas horas
Mais do que passo a paixão
É um espelho sem razão.

Marisa Monte.

Ya estoy harta de hablar de la cabaña y recurrir a metáforas para no decir.
Junio es un mes especial, se acerca una fecha que me recuerda otras fechas y la sensación de que el tiempo pasa y no pasa.
Ando rara, hablo poco, amenazo a cada rato con irme (¿a dónde?), duermo mucho, hago lo justo, mis sueños cambian, algunos reinciden, insisten, me aturden, no entiendo.
Lloro y seco mis lágrimas con bronca, como queriendo borrarme la cara. Que no es más que un intento simbólico y fallido de querer borrarme toda, entera, convertirme en una partícula que no provoque estornudos para que nadie me advierta. Para que nadie me sufra. Para que nadie me importe.

Cambiaría, con mucho gusto, esta condición de humana por cualquier otra que no precise más memoria que la genética.

Estoy desencantada. ¿Se nota?

Estoy dolida. ¿Se nota?

Estoy re/sentida.

Tengo una profunda necesidad de abrir las compuertas de mi dique:
–con cada insensatez ajena, debo redoblar la apuesta por no perder la mía, mantenerme en mi lugar, evitar reacciones impulsivas, sostener mi dignidad, apuntalar mis pocas fuerzas, cerrar la boca, atarme las manos, encadenarme los pies, sublimar mis odios, aceptar mis frustraciones, portarme bien, cortarme las uñas, no estrellar el celular contra la pared, no tomarme la caja entera de antidepresivos, no fantasear con la muerte, hacerme cargo de mis ingenuidades, ponerle candado a los recuerdos-…
y que todo encuentre la huella por donde perderse.

Tengo tanto miedo de no encontrar una huella para mí.

Ya les dije que estoy desencantada.

- Te necesito mucho. No lo dudes-. Me dice el Gringo.

- ¿Y por qué tendría que dudar? Miento.

Miento. Me oculto.

Y cada día, me oculto un poco más.

Y otro poco.

Y más.

Más.

Mas...

Buscando antorchas.

Ayer fui a casa de mi madre –qué lindo es verte-, me dijo. ¿Ven? Kuan Yin funciona. Mientras preparaba un margarita (trago favorito de ambas), dejó sobre la mesa unos papeles:

- Pensaba mandártelos a tu casa de Merlo (la casa del Gringo). Es una lectura que te va a ayudar en esta crisis existencial.

- Ah, bueno… no sabía que estuviera cursando una crisis existencial…

- Sí. Son cambios muy fuertes-. Sentenció.

Me tomé el margarita sin chistar. Cambié de tema. Mi mamá es muy susceptible, mejor no contrariarla. Además… ¿cómo discutirle que mis cambios son muy fuertes? ¿y la crisis? ¿cómo la escondo? ¿a dónde la pongo? ¿de qué me disfrazo?
Otro disparo certero, pero esta vez –la que hablaba- era su parte amorosa, aquella que de vez en cuando me hace sentir “su hija querida”.
A veces hay teta, sí.

Mientras ella preparaba el almuerzo, me fui a la cabaña… (“tu casa… decí que vas a tu casa… pero mami, a veces ni sé cual es mi casa, y si tuviera que decidirme por una, mi casa es mi departamento de Martínez… bueno, es lógico que todavía seas una trashumante, yo también lo fui; pero no se puede estar así toda la vida, en algún momento vas a tener que arraigarte en algún lugar… todavía estoy lejos de arraigarme aquí, tengo momentos en los que ni siquiera sé si quiero estar aquí… es simple, te vas a Buenos Aires las veces que lo necesites… pero mamá, tampoco puedo subirme a un micro según mis cada-vez-más-cambiantes-estados-de-ánimo… ahhh, a eso quería llegar, vos tenés que trabajar tu emocional, estar en armonía para disfrutar ese lugar bellísimo que es TU CASA, porque entonces ¿para qué tanto esfuerzo? ¿cuándo vas a quedarte a dormir aunque sea una noche?... hace frío en la cabaña, y me duele la cabeza”)… y así llegué a “la cabaña”, con palabras/ verdades girando como calesita y mi música –la de adentro- triste. No encuentro forma de sintonizar otra melodía.

Abrí la puerta y allí estaba mi desorden: el más largo -en el tiempo- que yo recuerde. He armado y desarmado casas en veinticuatro horas, solía ser de las que no se sentaban hasta que no estuviera el último clavito puesto; no podía concebir esas publicidades que mostraban a la gente tomando café sobre canastos de mudanza. Y encima sonreían. Y se iban a dormir.
Miré lo que ya está; y miré lo que todavía no… sabiendo que mañana, pasado mañana, la semana que viene, seguirá formando parte de “lo que todavía no”, porque no pienso mover un dedo. No tengo ganas. Sencillamente no me importa ese desorden, me tiene sin cuidado, lo miro con curiosidad: ¿alguien está llegando? ¿alguien se estará yendo? Habría que adivinar.
Me puse a armar mi nueva computadora –que no tendrá internet- y descubrí con mucho placer que el vendedor tuvo la ocurrencia de grabarme unos temas. Evidentemente, nos gusta la misma música. Supongo que me iluminé, sonreí, me encantó la sorpresa. Hasta que… (siempre hay un hasta que)… sonó un tema de Quince Jones: “brazilian wedding song”. No tengo a nadie que haya pasado por mi vida que pueda asociar con esa música. No me explico porqué me conmovió tanto, pero me dolió hasta el alma; un dolor dulce, profundo, añorado. Como si esa música le diera cuerpo al amor, como si alguien, en ese precioso instante; pensara en mí con todas sus fuerzas.
Entonces lo dejé sonar una y otra vez, y se consumieron no se cuántos sahumerios, ni cuantos cigarrillos; ni cuantas lágrimas. Abrí el word y escribí tres palabras. Las primeras allí. Le saqué una foto al monitor. Una foto que no vería nadie, que no sería para nadie. Como esas tres palabras. Que borré.

Cuando me iba, me detiene una niñita en el camino.

-¿Usted es la dueña de esa cabaña?

- Sí.

- ¿Y qué significa Baba Yagá?

- Es como la pachamama-. Le contesté. Cortante. No tenía ganas de hablar con niños.

- Mentira. Era una bruja mala que se comía niños-. Dice ella.

Me di vuelta.

- NO era una bruja mala ni se comía niños.

- Mi mamá me dijo eso.

- Decile a tu mamá que lea bien el cuento. Yagá no se comió a Vasalisa. Yagá le enseñó algo muy importante, ¿sabés?

- ¿Qué?

- Le enseñó a ser valiente. Hay personas que no tienen más opción que ser valientes. No pueden elegir otra cosa.

Me miraba. Dudando.

- Bueno, chau.

Me dijo mordiéndose el ruedo del vestido.

Ella, conmigo.

Voy a contar una historia que no precisa creyentes. (Y pasará por alto a los escépticos, porque nunca aportan nada.)
Escépticos del mundo, no se ofendan. Es que yo también tengo criterio, puedo pensar, hago uso de mi lógica. Mis carencias son otras.

Última tarde en Buenos Aires:
No tengo ganas de manejar hasta el centro, decido tomar un remis: “Avenida Córdoba y Uruguay, por favor”. Viajé en silencio, los remiseros no se parecen en mucho a los taxistas. Ni siquiera comentarios sobre el tiempo.
Mi viaje tenía un propósito: retirar las piedras que había encargado, y buscar un bar donde tomar buen café para leer a un Saramago sin tocar: “El hombre duplicado”.
Pero tal como me ha ocurrido en otras oportunidades – inexplicables en principio- caminé sin dirección fija, perdiéndome un poco, disfrutando miradas, palabras dichas al pasar, esas cosas…
Me detengo en una casa de antigüedades. No, para ser sincera yo no me detuve, ni me detuvo un hombre ni una baldosa floja. Fue una imagen, una estatuilla de porcelana turquesa y terracota. Kuan Yin.
Cien veces pasé por allí. Cien veces entré. Cien veces dije: “estoy buscando una Kuan Yin”. Cien veces me fui sin nada.

- No, gracias, Confucio no me interesa. No es lo mismo, ¿sabe? No, tampoco quiero Quimeras (¿para qué querría más?)

Entré.
El hombrecito de anteojos estaba sentado en su escritorio, tapado de papeles y volutas de humo parissiene. Hola, le dije. Intenté averiguar si recordaba mi pedido.

- No. De su pedido no me acuerdo, pero nunca olvido una mujer hermosa.

Tarado. Yo quiero mi Kuan Yin. Le pregunté si podía sostenerla (sólo así sabría si “ella” era para mí).
Cómo no, dijo el hombrecito. Abrió la vitrina y bajó a Confucio. No, gracias, Confucio no me interesa. Entonces dedujo que Kuan Yin sería la que estaba al lado del siempreofertado bigotudo.

- Es una auténtica teja china. Una preciosura, fíjese. Está intacta. Data del 1.700.

- Ahá, todo eso está muy bien. Pero yo necesito sostenerla. ¿Me permite examinarla, por favor?

Basta pasearse por el Barrio Chino para encontrar una Kuan Yin. O meterse a curiosear en alguna tienda de “nuevas tendencias” (sic) para elegirlas en blanco marfil, rojo, púrpura, dorado, esbeltas, regordetas, sentadas sobre un loto, de pie, acompañadas por un tigre, una grulla; las hay de loza barata, madera, resina, cerámica. Todas se parecen. Hay tantas…
Pero entre tantas, tenía que haber Una. La mía. No tenía porqué ser nueva. Pero sí tenía que costarme. Como cuesta el amor. Como vale lo sagrado.
Cuando la tuve en mis manos y miré sus ojos –cerrados- y la dulzura que ninguna terracota –ningún dolor- logró endurecer; supe que mi búsqueda había terminado. En particular cuando noté que su mano estaba gastada, y que de su mala sólo quedaba una ligera impresión. (¿Cuántos ruegos llevaría consigo…?)

Mientras el hombrecito la envolvía cuidadosamente, me preguntó si yo era coleccionista.
Le dediqué una mirada misericordiosa.
Y partí por mis piedras.

Dos horas después:
Estoy frente al mostrador, chequeando con A. la cuenta de lo que llevaba gastando, cuando una mujer se para a mi lado y toma una piedra de color turquesa. La miro. Percibí algo. Extraño. No podría definirlo. Ni bueno ni malo. Sólo extraño.
Ella pregunta por la piedra. A. le responde que es una crisocola. Ella vuelve a preguntar; esta vez quiere saber por qué algunas son más claras que otras. Según la procedencia, contesta A. (sin prestarle demasiada atención.) Mi cuenta era abultada. Ah, dice ella. ¿Y la más oscura de dónde es? De Sudáfrica, responde A., que a esa altura ya sumaba por tercera vez. ¿Sudáfrica, es un país?.....................
Lo preguntó con la inocencia de un ángel. La miré con curiosidad; mejor dicho… la miré con la curiosidad de alguien que intenta comprender, asir ese halo que envolvía su voz, su presencia mansa, su no-saber…
Salí de allí con mis piedras y mi Kuan Yin. Di vueltas, doblé esquinas, retrocedí, crucé avenidas, tomé el café, seguí caminando… y entré a un kiosko a comprar cigarrillos.
Una voz a mis espaldas: “¿puedo hablar con usted?”
Yo buscaba monedas en mi billetera.

- Perdón. ¿Puedo hablar con usted?

Recién entonces me di vuelta. Y allí estaba. Ella. Con ese aura que no es de aquí. Con esa mirada abierta como dos mundos, diciéndome: “usted olvidó algo, ¿puede ir a buscarlo?”
No sé que dije. Palpé la bolsa, todo estaba perfectamente embalado para el viaje, no recordaba haber olvidado nada; pero le di las gracias y caminé de regreso hacia la tienda de A.
Durante el trayecto me pregunté cómo diablos me había localizado. No parecía sorprendida, ni agitada; tampoco dio explicaciones. “Usted olvidó algo”. Eso fue todo.
Ni bien abrí la puerta, A. me esperaba con un sobrecito en la mano.

- ¿Qué me olvidé?

- El corazón de cuarzo… el colgante… ése que compraste para regalar.

- Ahhh dije mientras puteaba por dentro.

La destinataria del regalo ni siquiera se hubiera enterado. Ni de la compra ni del olvido.
Caminar tanto para recuperar un corazón de cuarzo…
Tiré el sobrecito dentro la bolsa.
Y paré un taxi. Lo manejaba un señor mayor.
Acomodé los paquetes, el cuerpo y la oreja. Aquí dicen que los taxistas hacen de psicólogos a sus pasajeros. A mí me ocurre lo contrario.

- Av. Del Libertador al trece mil doscientos, le digo.

Silencio. Qué bueno. Uno que no habla, pensé.

Al rato…

- ¿Le puedo confesar una cosa, señorita?

- ¿Algún problema?

- Mire. Este es mi primer viaje. Yo tengo cáncer, ¿sabe? Y ahora me tuvieron que cambiar una válvula. Del corazón.

Corazón.

Mientras él hablaba y me contaba que no creía en nada pero se “sorprendía” conversando con Dios… “le pido cinco años, mire… con cinco años me conformo… lo único que quiero es ver crecido a mi nietito”; yo sacaba mi corazón de cuarzo. Jamás rasgué un papel con tanta convicción.
Lo coloqué contra mi pecho lo que duró aquel viaje.
Pensé en mi Kuan Yin.
Pensé en ella.
“¿Sudáfrica es un país…?” “Usted olvidó algo.”

Al bajarme del taxi, el señor mayor colgaba de su cuello lo que no recordaba haber olvidado.

Con él.

Con él.

Bueno, que acabo de comprarme una valija grande. Para que mis cosas estén menos comprimidas; y con mis cosas, yo.
Y tanto quiero descomprimirme, que por primera vez llevaré conmigo a Pug, mi perro verde.
Me preocupa desarmar la familia que ha formado con mis gatos, Luna y Zafiro. Son “todos para uno y uno para todos”.
Pero yo lo extraño mucho, y en particular a Luna, que es mi debilidad. Pero si me llevo a Luna, también debería llevar a Zafiro, porque Luna lo ha adoptado y hasta duermen abrazados, patita sobre patita.
Si me llevo a los gatos, y dejo a Pug; el gordo se moriría de tristeza. Está muy acostumbrado a la compañía felina, aunque en el fondo los detesta.
¿Llevarme a los tres?
Algún día, tal vez, quizá, quien sabe, puede ser…
Por ahora no, definitivamente no.
Ellos son una buena razón para regresar a Buenos Aires.
A veces, la única.
Y todavía necesito anclar de vez en cuando por aquí.

Veremos que dice Kali, la labradora que tenemos con el Gringo. Sospecho que creerá que es una nueva pelota con formato a perro, y lo hará rodar un rato. También sospecho que por nada del mundo querrá compartir el sofá en el que duerme. Lo cual pondría a Pug en ventaja: no le quedaría mas remedio que dormir en nuestro cuarto. También sospecho que del lado del Gringo. El muy traidor. Ya se lo metió en el bolsillo.

También veremos que dice el Gringo, cuando me vea bajar del micro con el perro.
¡¡¡Sorpreeesaaa!!!

Bueno, que me voy, salgo en una horas.
Estén bien. Los quiero.
Chao :)

Valor.

Valor.

Buenos Aires me resulta demasiado evocador, me dice Greg en un mail que acabo de abrir (son las tres de la madrugada). Recién llego a casa. No, no anduve de copas ni en restaurantes chinos.
Después de un día demasiado evocador, y de una conversación telefónica con el Gringo -que no podría definir, pero de esas que se quedarán en el corazón por el resto de mi vida- me tiré en la cama para pensar con los ojos cerrados, meditar sobre el significado de mis miedos, pedirle al Universo que me hiciera el favor de levantar un poquito la altura de la red. No caer tan profundo. Pero el impacto de un choque, las sirenas y sus luces reflejándose en mis vidrios… no sé… todo fue muy rápido. De pronto me vi manoteando el primer abrigo que encontré -porque estaba en pijama y hacía frío- y pensé en mis hijos y en mi propio accidente -hoy se cumple un año-, y no encontraba las llaves y mi angustia me confundía.
Cuando salí a la calle, y vi el auto -tan destrozado como el mío- irreconocible, me tomé de las rejas de entrada y comencé a sacudirlas como una leona enjaulada, porque yo quería salir, yo quería saber… quería saber… si habían sido ellos, y tenía que preguntar -así como pregunto de qué color es el pelo de mi hija- de qué marca era esa masa informe… y busqué rostros que me resultaran conocidos porque ni siquiera sé -de qué color son los autos de mis hijos- y me sentí una madre imbécil y buena para nada.
Crucé la calle, empujé gente, y llegué hasta una mujer pequeñita que parecía una escultura del horror. A su lado estaba el chico, milagrosamente a salvo, shockeado pero íntegro. Los bomberos trabajaban sobre los restos inmortales del puto automóvil, los dueños de la concesionaria -sobre la que impactó el chico- hacían frenéticos llamados telefónicos, y se respiraba una atmósfera cargada de nafta y dolor, que yo no terminaba de comprender. El chico estaba vivo. ¿Por qué no había abrazos? ¿Por qué no había patadas en el culo? ¿Por qué esa madre parecía tan ausente? ¿Por qué tanto silencio?
Noté que nadie se acercaba a ella.
Le pregunté si necesitaba algo, que yo vivía enfrente, si quería café, un teléfono, cigarrillos, algo. Algo.

Entonces vi el medallón que llevaba sobre la solapa de su abrigo. Era la foto de un niño. Kevin.
Me miró y todo lo que me dijo fue: “yo soy la mamá de Kevin”.
Y sé, que cuando muere un hijo; una deja de ser una. De tener un nombre. Propio. Ya nada es propio cuando se pierde lo más propio.
Recordé el episodio de Kevin, porque ocurrió en esa misma esquina. Lo atropellaron y se dieron a la fuga. Kevin murió. Y desde entonces su mamá -la mamá de Kevin- recorre programas de radio y televisión pidiendo más respeto por la vida.

-Ayer estuve en el entierro de la madre de una de las chicas que murieron en Cromañón. Ya perdí un hijo. Si también lo perdía a él… no sé… no sé… estoy rodeada de muerte… no puedo más-. Me dijo.

La abracé. Era lo único que tenía para darle: brazos y un pecho. Palabras, ninguna.
Pero ella permanecía impasible. Dura. Sin lágrimas. Yo no la soltaba. Acaso mi propia desolación. El recuerdo de mi accidente. Un hermano / hijo muerto, una familia destrozada, odios silenciosos, acusaciones cruzadas, el no retorno. La silla vacía.

-Pibe. Anotá este día, eh? Que hoy volviste a nacer-. Dijo un estúpido.

Lo sé por experiencia. Sé que vivir, después del después, es una larga y dolorosa convalecencia. Y que al parecer nunca terminamos de recuperarnos: ¿a quién estaba, yo, abrazando?

El chico comenzó a patear el auto. Ella se acercó a preguntar “detalles”, que por qué no había frenado, que como, que cuando, que donde…

-No le das valor a la vida-. Le dijo. Y el chico seguía a las patadas contra el auto. Como si no la escuchara… y no, claro que no, porque estaba escuchando otra cosa: el llanto de su madre cuando Kevin murió. Sus propios e inevitables reproches: “¿porqué él y no yo?” “¿mi mamá me querrá más o me odiará por estar vivo, por no haber sido yo, y no Kevin?” “¿y ahora… ahora que casi me mato?” “¿porqué no llora por mí, porqué no me abraza, porqué no me besa?” “¿habrá que matarse para volver a ser yo?”

Para mí era tan fácil adivinar qué sentían, qué pensaban…

Sentí una enorme compasión por todos.
Me propuse no decir nada. Estaba claro que nadie escucharía a nadie. Pero cuando noté que ella seguía pidiendo explicaciones, me acerqué. La aparté del chico, y le dije:

- Te entiendo más de lo que suponés. Pero no estás preguntando por el accidente de tu hijo, estás preguntando qué pasó con Kevin. Y a lo mejor ninguna respuesta te sirva.

Me miró a los ojos por primera vez. Lloraba. Al fin.
Y como las tragedias se parecen bastante en sus daños colaterales, le dije:

- Una última cosa. No se conviertan en islas humanas viviendo bajo el mismo techo. Y si ya está ocurriendo… preserven lo que queda, porque atrás no se vuelve.

Me sonrió. Triste, casi acabada, pequeña.
Y mientras los dueños de la concesionaria calculaban el valor de los daños, dos mujeres calculábamos el valor de la vida.

***********************************

PS: la foto la saqué del mail de Greg, quien apuntó al sol “para no olvidar el valor de la vida”. Son sus palabras… esas que me esperaban volviendo a casa.

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Tarde.

Hoy decidí estrenar en público mi nuevo color de pelo, mis uñas a la francesa; y las botas de gamuza azul.
Me puse unas gotas del perfume que usa mi hija (no, no es su frasco; lo compré porque la extraño), y salí.
Caminé por la feria de anticuarios. Cincuenta puestos de objetos extraños, viejos, viejos de verdad; viejos de mentira, costosos, baratos, baratijas, limoge y plástico, bacarat y vidrio, diamantes y lentejuelas, muñecas decapitadas, cabezas sin pelos, sin un ojo, cabezas siniestras de muñecas despintadas. Autitos de tres ruedas, fotos descoloridas, medallas al mérito, pesados candados, miles de llaves sin cerradura, cerraduras sin llaves, ojos de cerradura sin ojos fisgoneando del otro lado; balanzas oxidadas, instrumental ginecológico de época (¿cuántos niños muertos? Perdón, ¿cuál es el precio de la pinza que ya no luce sangre? Lo confieso, me quedé largo rato mirando esos instrumentos de tortura, pensando en mi cuerpo, en mis hijos no nacidos, en el horror del que solo sabe una mujer.)
Desde un viejo tocadiscos un vinilo de Serrat me trajo de regreso. A esta tarde fría. Ventosa. No recuerdo qué cantaba, pero todo conspiraba para apurar mis pasos y refugiarme en el interior de mi automóvil. Tal vez para entrar en calor. Tal vez para llorar. Tal vez para dejar de buscar lo que ya no. Porque todo parecía haber formado parte de mi vida. Aquella sopera de loza, el cuello de nutria que vestía Mamina, caireles y más caireles; estatuillas chinas, el vaso de los Pitufos, ángeles comprados en un atelier de Saint-Germain-des-Prés, ¿y ésa mujer quién es? Soy yo, frente a un espejo que alguna vez tuvo un marco. Una imagen suelta de una mujer distinta que ya no sabe mirar con curiosidad. Que imagina vidas, sopas calientes tomadas haciendo ruido y con cucharita de plata; cigarrillos apagados en ceniceros de hoteles donde alguien esperó, amó, durmió, se desveló, o ella ni siquiera se presentó a la cita. Cajas y cajitas que habrán guardado tesoros parecidos a los míos y que nadie sabrá: ese barquito, ese botón, ese rosario. La pena de ver tanto pasado puesto en venta. Cuantas cosas amadas que han dejado de serlo. Y de pronto me encuentro con jades verdaderos y budas y dragones. Y una pequeña figura en madera de los tres monitos sabios: "nada oigo, nada veo, nada digo". La sabiduría de parecer tonto. Me sonreí, me acordé de vos. Pero fue una sonrisa amarga, un rictus, una mueca de dolor que a veces punza, ¿sabés? No supe hablar, no supe oír y no supe ver. Hasta que…, y me pregunté porqué la mentira. Qué te llevó, que te lleva al juego de las lágrimas una y otra vez, una y otra vez. Una y otra vez.

-¿Puedo ayudarla en algo? Preguntó el anticuario.

-No. Creo que no.

El frío se había vuelto insoportable.

Gracias por tu Amor.

Gracias por tu Amor.

A Nada

No sé que irá a salir, las emociones sobran y entonces enmudezco y mis dedos obedecen, tontos dedos.
Miro la pantalla, el cursor que titila… tipeo con la mano derecha; y con la izquierda sostengo contra mi pecho un corazón de cuarzo rutilo. Parece que con un solo corazón no basta. Extraña coincidencia, ¿no? A vos no te bastó con un solo mandala.
En algún momento te dije: “vas a estar en mi vida, ¿te das cuenta?”
Ambas sabemos que -desde una dimensión “otra”, intangible pero no menos real por eso, perfecta en su abstención del tiempo y el espacio (o mejor dicho, porque los abarca hasta los confines…)- ya hemos estado juntas; sintiendo el obrar de la otra con una sincronía asombrosa. Divina.
Privilegios, Nada.
Maravillas de las que poco hablo porque esa es mi elección. Prefiero vivirlas y compartirlas con quien se exprese más allá de su ego, de mi ego; de ese enano enceguecido de tanta sombra… que no puede andar si no es con pasos cortitos, tanteando lo seguro, fiel a la razón, ignorante del poder del alma.
Pocas veces me sentí tan vulnerable. Tanto… que me tomé toda la tarde para enfrentarme a tus pinturas. Ni siquiera me lo cuestioné. Sabía que alguien -algo- me diría: “llegó la hora, hay que rasgar el papel”; quitar la materia sobrante, mirar/me entre tus círculos y recorrer cada trazo con mis dedos. Ver. Verte. Abrirte para siempre la puerta de esta existencia. Llevarte conmigo sin importar adonde. Estás tan aquí, que casi podría ofrecerte un cigarrillo y un café. Nos veo riendo, con risas distintas y con manos que se aprietan y por fin se reconocen.
Dos pinturas bastaron para cubrir a quienes soy. Desde los pies hasta… hasta ese lugar que no siempre es el mismo, al que no siempre llego, en el que habitan los que conducen mi automóvil cuando la vista se me nubla por la angustia… y no sé donde estoy, ni cómo diablos no me maté en el camino. Ese lugar sin muros ni cajones, que sin embargo guarda mi “para qué” en este mundo aunque a veces se me olvide. Y me sienta tan sola.
Y ya no sé que decirte.

Satori, Nada.

Regalos.

Regalos.

Para vencerte
tiempo
está el amor
libertad que ata
mentir que llega siempre
a la verdad oculta.

Para vencerte
estamos Él y yo
dolorosamente abandonados
por un dios lejano.

Para vencerte
te detenemos
en un gesto
en una caricia
en un susurro
nos olvidamos de nuestros nombres
-inútiles palabras equívocas-
y nos salen alas
de lujuria infinita.


Margarita Carrera (Guatemala)

Ayer fue el cumpleaños del Gringo.
57.
Nada de amigos, nada de charlas estúpidas, nada de asados.
Él se vistió para mí.
Yo me vestí para él.
Cuando me vio, pretendió convencerme de quedarnos en casa comiendo un “sandwichito”.

-No, y no se te ocurra tocarme. Le dije.

Y así fue como llegamos al restaurante. Ambientado sólo para parejas.
Comida afrodisíaca.
Cortinados negros con fetiches colgando de las telas, separando discretamente cada mesa; y cada mesa vestida con manteles lo suficientemente largos…

Nos traen la carta, saco mis gafas, y comienzo a leer el menú a la luz de las velas:
“Me recreo en provocar tus éxtasis, arrebatos y espasmos” (así se llamaba el plato de entrada que pidió).
“Risueño y victorioso sobre mí, su aliento resbala en el pliegue de mis senos” (así se llamaba el plato de entrada que pedí).
Tomamos champagne extra brut, mientras nos leíamos “sexo al oído” mirando una pintura de Christian Schad: “Amigas”.

Jugamos a adivinar nuestros pensamientos. Nunca antes nos habíamos mirado tan intensamente. (Me gustó que no lo resistiera demasiado tiempo…)
Ninguno adivinó al otro.

Plato principal:
Yo: “Se confunden las llamas de nuestras lenguas”.
Él: “Ebrio de amor, bajo tu curva emocionado”.

Creo que a esa altura, el plato principal estaba debajo del mantel. Entonces decidí quitarme una bota sin que lo notara. Y busqué mi manjar favorito con la punta de los dedos.

Aún faltaba el postre: “Amantes que se comparten”.

Que, por supuesto,
nos comimos de un solo bocado… y sin jadear.

Instantes.

Ahora dormís. Y yo desvelada.
Cuando despiertes será tu cumpleaños.
No sé que clase de día podré darte. No sé si te gustará el restaurante al que pienso llevarte a cenar. No sé si esta vez mi regreso es por tres o cuatro días. O más.
Disculpame los días que llevé sin hablarte.
Este viaje silencioso.
Soy rencorosa. Orgullosa y prepotente.
A veces me abuso de tu paciencia.
Amo tu risa pero detesto tus juicios.
Te odio cuando me recordás a otra persona. Y te castigo por eso.
Puedo gritarte lo que él no escuchó, y vos no entendés nada y me abrazás fuerte.
Y me decís que para qué…

Tal vez sí entiendas.

Nunca te vi llorar. Hasta hoy.
Hablaste con mi hijo. Cortaste. Y rompiste en llanto. Inconsolable.
Hundí tu cabeza contra mi pecho, ya no como tu mujer. No sé que sentí.
-Que fuerte es todo. Dijiste.
Y también dijiste: “yo quería verlo”.

Y yo no puedo creer que nosotros, o la vida, reparta tan mal los papeles.
Es como si viviéramos con el guión equivocado.

Nunca olvidaré esta noche.

Pájaro enjaulado.

**Para B., con la vehemencia que me caracteriza ante el dolor intenso, que no es de muelas**

Tenés razón. El sufrimiento es una visita inoportuna. A veces viene de a ratos; a veces se instala aunque no tengamos comodidades. No le importa dormir en un rincón, no le importa si Leonard Cohen canta demasiado alto: Encontré a un mendigo apoyado en su muleta
que me dijo: “No debes pedir tanto”;
y ante una puerta oscura vi a una hermosa mujer
que me gritó: “Eh, ¿por qué no pides más?”
; ni que te dejes caer en tu sofá a mirar el cielorraso o el ombligo.
¿Sabés? Yo prefiero la palabra dolor. El dolor nos permite participar de lo que nos ocurre, no impide que pensemos; nos pone vallas, es verdad… pero las podría saltar un enano.
El sufrimiento no admite participación. Nos postra. Inmoviliza. Se convierte en un estado. No es una valla, es un muro; una cárcel, una silla de ruedas sin ruedas. Una jaula.
Alguien arrojó las llaves. O no encontramos la cerradura. O nos tiemblan las manos.

Estuve pensando durante toda la tarde. Y llegué a una conclusión fenomenal: el dolor estará allí a pesar de tus gorriones y a pesar de mi cabaña. A pesar de tus excursiones a la montaña, de tu afición por atrapar nubes o flores extrañas, a pesar de mis piedras, a pesar de un hombre, a pesar de tus magníficos escritos, a pesar de tus caminatas por la playa, a pesar de esta lluvia y a pesar del sol.
¿A quién le importa el sol cuando se llevan costuras en el alma? Yo, sinceramente, ni lo noto.
Y jamás me sentiría en deuda por mi indiferencia.
Nos han impuesto tantas cosas absurdas… “sonríe, la vida te ama”, “sonríe, tienes amigos”, “sonríe, estás sano”, “sonríe, que hay sol”.
Y bien. Estás vivo, tenés amigos, salud, hay sol. ¿Y con eso que? ¿Tu dolor es menos legítimo? ¿Habrá que pedirle permiso al sol para sentirse triste, y luego azotarse por no ser un conformista? ¿Por querer otras cosas? ¿Por pedir más? ¿Hay que ir por la vida mirando y midiendo dolores ajenos? ¿Existe alguien, una sola persona en este mundo, que viva tu piel?
¿Realmente creés que tu dolor tiene un nombre y una fecha exacta?

Vamos, tomate de mi mano que yo estoy haciendo de mi pasado el juego de la oca. Juguemos juntos, avancemos tres lugares. Retrocedamos diez. Volvamos al comienzo. No hagamos trampa. Yo no quiero ganarte. A mí me gusta jugar para perder. Porque perdiendo comprendo. No se comprende cuando se gana.
Yo, Mon, necesito comprender casi-casi- lo mismo que vos.
¿Por qué sentí, durante tanto tiempo; que no tenía derecho a pedir “algo más”?

-Conformate. Me dice la voz que me quiere mansa.

No sé vos. Pero yo no pienso conformarme.
Ya tuve bastante.
Mi propio desamor, mis benditas inseguridades, la ignorancia de mi valor como mujer, el caer una y otra vez en el mismo pozo, no despegar de historias obsoletas y repetirlas hasta el hartazgo, elegir la talla equivocada, un hombre embaucador, el sueño ficticio.
Tengo mucho polvo que quitar de encima.
Estoy derrumbando ese edificio.
Y es un gran desafío porque debajo de ese polvo ves que: diligentemente llevaste/llevé lo necesario a tu/mi verdugo (que en última instancia lleva tu/mi nombre pero en diminutivo), no conforme con eso, lo acompañaste/acompañé en la tarea de elegir el árbol adecuado para la no-tan-incauta- presa: vos/yo.

Uno, una; se lo hace todo.Todito.
Una, uno, dice SÍ, cuando debería decir NO.
Y decimos NO hartos ya de estar hartos y porque sí, (que no es el sí del imbécil sino del sordo.)

Por eso hay que jugar para perder. Perder para comprender. Comprender que nada es tan reciente como creíamos. Porque, amigo; la rueda es inevitable… y es mejor darle la vuelta para volver al punto de partida.

Ya no siendo los mismos.

Entonces, tal vez, cuando esa voz seductora nos interpele con un “¿eh, por qué no pides más?”,
podamos preguntar “y qué tanto me das?”.

Te quiero.

Nadie más.

Hoy me reencontré con un objeto que forma parte de mi pasado. Una ampulosa araña de cristal, testigo de un tiempo en el que yo no era yo, me rodeaban cuatro hijos y un marido, y el dinero disimulaba tristezas y opresiones.
Todavía tengo mis tristezas, pero ya no las escondo. Eso no significa que las comparta. A veces digo: “no quiero hablar de eso”. Antes decía: “no me pasa nada”. Y trataba de creerlo. Todos trataban de creerlo.
Ya no miento. A nadie le interesa creer en mis mentiras. A nadie le conviene. Es la primera vez que mi tristeza, entristece. O que mis silencios duelen. Aquí me dejan en paz, pero los ojos indagan y de los ojos salen manos que acarician mi cabeza. Y con eso basta.
Nada permanece demasiado tiempo.
Por eso los reencuentros son reveladores. También con los objetos.
Si ya no soy aquella, ni la otra, la araña de cristal tampoco es la misma.
Todos sus caireles están intactos, pero yo la vi quebrada. Lejana a mi corazón. De un brillo opacado por la distancia de quien sigue viviendo, y para vivir se va quitando lo que provoca extrañeza, lo que se va sintiendo ajeno.
Cristales.
Frágiles.
Decidí desarmarla, cairel por cairel, palabra por palabra. Soltar engarces, trabas, cables.
Poner cada pieza sobre la mesa.
Ya no es lo que parecía ser. Ahora no ilumina.
Nadie más podrá ver lo que yo vi.

Y vos lo sabés.

A partir de mañana serán cristales pendiendo de ventanas abiertas, refractando una luz verdadera. Arco iris en mis paredes.
Cada día.
Con cada sol.

Aunque haya dolores como vientos que cortan.

El Universo me mantiene ocupadísima.

Creo que voy a tener que quedarme en casa del Gringo hasta la primavera. Ayer estuve en la cabaña, tan bonita, tan lista para ser habitada, llevando mi ropa de una puñetera vez –como diría Bart- y casi me transmuto en una piedra más. Prendía la estufa y se cortaba la luz.
Y por mucho que subiera y bajara escaleras, la temperatura era insoportable. Quiero decir… puedo soportar el frío caminando al aire libre… pero definitivamente no puedo cuando se trata de lugares cerrados. Me pone de pésimo humor. Me duele la cabeza. Veo todo negro. Comienzo a extrañar mi departamento con sus pisos de loza radiante,
el andar sin ropas
la ventana abierta
las otras distancias.
La civilización. ¿?

Resulta que estoy “enganchada” al suministro de la –ya débil- luz de la casa más próxima. Me dijeron que la compañía no me llevará “la bendita energía” porque estoy lejos del transformador que provee a la Villa; y que la obra de ingeniería tendría que hacerla yo. Ok, dije. (Bueno, no fue taaan así, primero me peleé un poco). Junté el dinero, contraté un ingeniero, el tipo hizo los planos, los presentó en San Luis para su aprobación… y no me los aprueban… a menos que… y los a menos que… ya llevan un año.
Es un simple chantaje. Ayer grité bastante. Y todo, todo, por tener a un Ministro de esta provincia como vecino. Al tipo no le gusta que pasen mis cables por su casa. Y pensar que fue él quien me regaló la antigua salamandra de su familia, y que con él he tomado mate en tardecitas de verano, y que me mostró orgulloso sus horrorosas pinturas, y que dijo estar a mi disposición para lo que yo necesitara…. Luz, necesito luz, señor Ministro.
Sin luz me cago de frío, no puedo poner en funcionamiento el refrigerador, no puedo escuchar a Moby, no puedo calentar agua. Agua. ¿Entiende? ¿Quiere algo más elemental que el agua para un ser humano que no es Ministro de nada? ¿Es que hay que ser Leonor Benedetto para tener LUZ? ¿Hay que acostarse con alguien?
Dios, salí de allí tan mal. Yo me decía: “no puedo ser tan boba, no puede ser que el frío me corra de mi propia casa, si ni siquiera comenzó a nevar, ¿y cómo hacían las mujeres cuando sólo tenían una piel de animal con que cubrirse? ¿cómo sobrevivían sin electricidad? ¿para qué puta cosa seré civilizada? ¿de qué sirve? ¿para quejarme, ponerme tres sweaters y verme más gorda? ¿para volver a casa del gringo de capa caída y pegar el culo a los leños de su hogar?”
Yo quería estar en mi casa.
Y pensé que podría. Que las velitas. Que los sahumerios. Que con una sola estufa. Que con prender el calefón nada más un ratito.
Que un cablecito de luz, hasta terminada la obra, me bastaría.

Ya me había resignado a no tener teléfono. A utilizar el ordenador sólo para escribir o jugar al solitario (mentira, no sé jugar al solitario), ya me había resignado a las arañas y a la chinche molle.
Pero no puedo resignarme al frío de la montaña metido en mi cama. Me deprimo, me pongo melancólica, me da por pensar.
Y como estaba sola, no hablaba. Pero cuando puteaba notaba mi propio aliento -como en las películas- y me preguntaba si despertaría con vida o convertida en una estalactita humana.

-Bueno-. Me dijo el gringo cuando me vio regresar. –La próxima vez que quieras desprenderte de mí, te puedo alquilar el iglú.- (El iglú es el invernáculo del vivero.)
Abrió la ducha con el agua bien caliente y me metió debajo. Yo no paraba de temblar y sentirme una tonta por no resistir, por dejar que me ganara el instinto de supervivencia, por no ser “la mujer salvaje que corre con los zorros.”
Y ahora estoy aquí, escribiendo en su computadora, tomando un cafecito que acaba de traerme… y sabiendo que tengo otra batalla por delante. Que voy a ganar. Porque la voy a ganar.

La pregunta más obvia: “¿por qué nada me resulta fácil?”, no me la hice.

Tampoco soy tan tonta.

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Laberintos de piñatas y acertijos.

Laberintos de piñatas y acertijos.

Oda:

Bart, nuestro común amigo y compartido amante, te ha hecho un barco con su exquisita materia y lo puso sobre el mar.

Pelo sabiendo que chinito tenel cocodlilo en bolsillo, yo levisal muy bien, y notal que faltaban lemos.

¿Cómo subilte tú a balca sin lemo? ohhhhhh

¿Cómo defendelte tú de tibulón -sin lemo- pala aplastal cabeza? ohhhhhhh

Yo legalalte lemos bonitos, colección completa, pala alibal segula a cualquiel olilla.
Balco de Tonto Bal lompe olas, yo no quelel que mojalse tu linda alcancía, so pechugona :)))

Tenel mañana un glande día!!!

Para mí. Y para vos.

Llovizna y leños encendidos.
Siesta de fiesta de abrazos.
E., G., y M. me besaron con perfume a chicle.
M. miró el Buda que pinté para su abuelo y dijo: "es un dios del silencio".
Cuentos rusos para N., que hoy duerme aquí. "Leeme", me pide.
Lluvia de meteoritos que no vimos, el cielo anuncia la nieve de mañana.

Y Odalys cumple años. Y yo te deseo que seas una mujer rebozante de Destinos.

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